Artista de palacio c5


Título: Artista de palacio
Categoría: Original
Género: Hetero-Yuri
Clasificación: no -18 años
Advertencia: Lemon, Violación, Tortura
Capítulo: 5 de 6 Finalizado: No
Resumen: Hace unos años yo era la artista de palacio en un gran reino. Una tarde la princesa salió a pasear por los jardines, era la mujer más hermosa que jamás había visto. Había tenido cientos de pretendientes pero al final eligió a mi Príncipe, mi Señor Cal Imparat. Nadie se puede imaginar cuanto la odié y la amé a la vez. Mi Príncipe había sido mi salvador hacía tiempo atrás, apenas tenía yo trece años.

A la mañana siguiente me despertaron los puntapiés de la princesa.
—Vamos, a ver si no duermes tanto—ella no sabía que el sueño no me había llegado hasta casi el amanecer—sígueme, tengo cosas que hacer.
El príncipe seguía en la cama y nos observaba. Le dirigí una rápida mirada y creo que él se dio cuenta de que había llorado porque se levantó de la cama y se acercó a nosotras.
—Querida, déjame un momento con ella—le dijo a la princesa.
—Pero Cal, es mi criada—replicó ella.
—Por favor, déjamela un momento—insistió tranquilo.
Ella se resignó y salió de la habitación. Me quedé a solas con el príncipe y no sabía que iba hacer. Se vistió y se acercó a mí de nuevo.
—Levántate—me ordenó. Yo por supuesto le obedecí pero mantuve la cabeza gacha. Él me acarició el rostro suavemente y la calidez y dulzura que sentí me hizo temblar y lloré, no pude contenerme, anhelaba demasiado su cariño— ¿Por qué lloras?—ahora su voz no era tan dura y fría, tenía un rayo de amabilidad.
—Mi señor, lo siento, no puedo evitarlo, perdóneme—le contesté susurrando.
—No tienes que pedirme disculpas por llorar. Tus lágrimas son muy hermosas, ¿Cuál es la razón de ellas?
—No soporto verlo, me hace mucho daño—dije tras una breve pausa—no me estoy quejando mi señor. Haré lo que sea, todo lo que me pidáis—sin querer le miré a los ojos pero en seguida agaché la cabeza.
—Mírame, sabes que me gusta y no me trates de vos cuando estemos solos—yo le obedecí y sus ojos me inundaron, no eran fríos, si no que mostraban una maravillosa compasión— ¿Cuál es la razón de todo esto?, pudiste marcharte, regresar a tu aldea, ¿Por qué no lo hiciste, por qué te quedaste?
— ¿Puedo…puedo hablar sinceramente?
—Te pido que lo hagas.
—Por ti, mi señor. Si me iba no volvería a verte, y prefiero las torturas y humillaciones de la princesa a alejarme de ti.
Él pensó durante unos momentos, su mirada intensa me desnudaba por dentro y de pronto me sentí suya de nuevo, y fui feliz. Tuve la impresión de que él se intentaba contener pero no estaba segura de que fuera así.
—Hablaré con la princesa, ve a tu antiguo cuarto y come algo.
Salió del cuarto y yo me quedé unos segundos algo aturdida. Bajé a mi cuarto, desayuné y me tumbé en la cama. Estuve un rato pensando pero tenía demasiado sueño y me dormí. Cuando desperté la princesa estaba frente a mí observándome.
—No sé qué has hecho o qué le has dicho pero no te ha servido de nada—se acercó y se sentó junto a mí. Me acarició el rostro fríamente—yo tengo mucho mayor poder que tú. Al fin y al cabo soy yo quien le debe dar un heredero. A ti puede que te desee pero a mí me necesita, recuérdalo bien. El príncipe me ha pedido que te deje pasar noches con él y que no te trate tan mal—aquello me iluminó el rostro pero presto se apagó, aunque no del todo—a lo primero le he dicho que sí ya que aun llevo poco tiempo aquí y no quiero enfadarle pero a lo de tratarte mejor le he dicho que no, eres mi criada y haré lo que me plazca contigo—no me gustaba pero lo soportaría si así podía estar con el príncipe, mi príncipe, mi señor. Deseaba con toda mi alma volver a recibir sus caricias y sus besos—hoy pasarás la noche con él pero mañana lo pagarás, ¿Qué te parece?
—Haré lo que vos deseéis, mi señora.
—Lo estás deseando—me dijo con cara de asco—vamos, tengo cosas que hacer.
La seguí durante todo el día arrastrándome por el suelo. Mis rodillas y las palmas de mis manos acabaron sangrando pero no me importó, sería de nuevo de mi príncipe, solo suya.
Me hizo pasarlo muy mal aquel día pero por la noche ella se quedó en su cuarto y me mandó a la habitación del príncipe. Estuve ante su puerta unos minutos, muy nerviosa y sin dejar de temblar. Después llamé a la puerta y entré. Él me esperaba serio apoyado contra la pared con los brazos cruzados frente al pecho. Me quedé delante de él algo encogida, estaba tan ansiosa que no sabía qué hacer. Mi príncipe se acercó a mí, creo que estaba tan ansioso como yo porque no dejaba de mover las manos. Se quedó a un paso de mí. No le miré a los ojos porque podría no haberme controlado y él no me lo pidió tal vez por la misma razón. En seguida me acarició el rostro y me dio un largo e intenso beso. Me fallaron las piernas y le rodeé el cuello con los brazos para no caerme. Él me sujetó por la cintura y el trasero. Cuando separamos los labios me había quedado sin aliento temblando en sus brazos.
—Sé que mañana pagarás por esta noche. Si lo deseas puedes marcharte— Era una propuesta estúpida ya que sabía perfectamente que deseaba con todo mi ser pasar una noche más con él.
Le di un fuerte abrazo, olvidé por completo las humillaciones y el dolor causado por la princesa y me entregué en cuerpo y alma a mi príncipe. Disfrutó como si fuese la última vez de mi cuerpo y yo del suyo. Primero me quitó la ropa y sus manos recorrieron todo mi cuerpo casi al milímetro. Después me tumbó en la cama, besó mis pechos y jugó con ellos, le encantaba hacer aquello y creo que también le gustaban los gemidos que yo no podía contener. Tras unos juegos más hicimos el amor varias veces, no sé muy bien cuantas pero ya iba a amanecer cuando nos quedamos dormidos. Yo complací a mi príncipe en todo lo que me pidió, volví a ser de nuevo suya, solo suya. A la mañana siguiente me desperté con las suaves caricias de mi príncipe en mi sexo. Apartó las sábanas y se puso sobre mí. Mientras me daba un cálido beso en los labios su sexo acariciaba el mío con la punta.
—Esto es para recompensarte lo que va a hacerte hoy la princesa—me susurró.
Bajó besándome el torso hasta mi sexo. Lo besó y lo lamió mientras yo gemía hasta que no pude más y me corrí. Mi príncipe nunca había hecho aquello y disfruté muchísimo. Después hice lo mismo por él, estaba muy excitado aunque me dijo que no hacía falta, pero yo también disfrutaba satisfaciéndole.
Después tuve que regresar al cuarto de la princesa. Entré a cuatro patas para intentar aplacar un poco su enfado, aunque no sirvió de nada. Me trató muy mal durante todo el día. Mientras caminaba se me rasgó el vestido y me quedé desnuda pero ella no me permitió cubrirme ni vestirme. Estuve todo el día desnuda paseándome delante de todo el mundo. Cada vez que me paraba un solo instante ella me daba puntapiés muy dolorosos. Por la tarde ya iba tan cansada que al bajar por las escaleras caí rodando, me partí el labio inferior y me torcí un tobillo pero no le importó, siguió humillándome durante todo el día. Al llegar la noche mi cuerpo estaba cubierto por moratones y rozaduras pero aquello no le bastó a la princesa. Después de cenar me hizo colgar de unas cadenas de hierro que caían del techo. Tan solo las puntas de mis pies tocaban el suelo. Ella entró en la habitación con una pala en la mano. Tenía una perversa sonrisa dibujada en su hermoso rostro. Comenzó a apalearme sin decir nada. Al principio intenté contener las lágrimas y los gritos pero los palazos eran demasiado dolorosos y al poco rato mi rostro estaba cubierto por lágrimas. Su pala no solo golpeaba mi trasero, también mis pechos y mi sexo, aquello era muy doloroso pero yo no podía hacer nada.
— ¿Ves lo que te ocurre por acostarte con mi esposo? Cada noche que pases con él la pagarás al día siguiente con tu sufrimiento.
Creo que disfrutaba muchísimo con aquello porque cuando se cansó de golpearme fue rápido al cuarto del príncipe y pasó la noche con él dejándome colgada del techo. Se había cebado tanto con mi cuerpo que ya apenas lo sentía. Mis nalgas ardían de dolor y en mis pechos y mi sexo sentía fuertes pinchazos. No paraba de retorcerme de dolor hasta que quedé dormida de puro cansancio. Me despertaron los bruscos movimientos de unos guardias a mi alrededor. Me soltaron las manos de las cadenas del techo pero me las volvieron a atar a la espalda. No entendía muy bien que ocurría pero supuse que sería otra tortura de la princesa. Me sacaron de la habitación y me llevaron hasta los calabozos. No sabía qué estaba ocurriendo y ellos no me dijeron nada. Me metieron en una celda oscura y húmeda, seguía desnuda pero al menos el frío de la piedra calmaba un poco el dolor de mis nalgas y el resto de mi cuerpo. Estuve todo el día sin comida ni bebida hasta que en la noche el príncipe entró en la celda. Me contempló serio con algo de incredulidad. De pronto me entró vergüenza de estar desnuda ante su intensa mirada e intenté cubrirme inútilmente. No sé porqué, no entendía qué pasaba pero su mirada me hacía tanto daño que me puse a llorar. Era peor que los palazos y las humillaciones de la princesa, mucho peor.
— ¿Por qué lo hiciste?—me preguntó.
No tenía ni idea de que me estaba hablando y no podía dejar de llorar.
— ¿A qué se refiere mi señor, qué he hecho?—le pregunté con la cabeza gacha y no me atreví a tutearle.
—No te hagas la tonta, por qué le has pegado a la princesa—aquello me sorprendió, yo nunca le había golpeado a la princesa y jamás se me ocurriría.
—Mi señor, no sé de que me habla, de ningún modo haría algo así mi príncipe, en la vida le haría daño a la princesa—le dije arrodillándome ante él e inclinando la cabeza hasta tocar el suelo.
—Entonces ¿por qué tiene el labio roto y una muñeca torcida?—me dijo enfadado.
—No lo sé mi señor pero yo jamás le haría daño, nunca—estaba casi desesperada porque me creyese.
—Ella me ha dicho que se lo hiciste tú. ¿La estás llamando mentirosa?
—No, no, por supuesto que no mi señor—me apresuré a besarle los zapatos. No quería enfadarle pero no entendía que ocurría—yo solo, solo digo que…—mi llanto fue aun mayor y ya no sabía que decir—lo siento mi señor, perdóneme, lo siento mucho mi príncipe, lo siento…
—Basta—me cortó él—levántate y mírame a los ojos.
Así lo hice. Me daba un poco de miedo porque no sabía qué me iba a encontrar en ellos, pero no iba a enfadarle aun más. Y para mi sorpresa no encontré odio, furia, ni tan siquiera enfado en su mirada.
—Estoy seguro de que tú no le hiciste nada pero ella desea verte lejos de aquí. Y si no se lo concedo pueden suceder cosas que no deben. Lo he meditado mucho y creo que deberías marcharte o ella podría ordenar tu muerte y yo no quiero eso—me acarició suavemente el rostro. Me miraba con pena y eso me dolía, no quería que él estuviese triste y menos por mi culpa.
—Pero mi señor, yo no quiero separarme de vos, no quiero irme del castillo, no lo soportaría. Mi príncipe por favor, me arriesgaré a lo que sea por seguir con vos.
—Lo sé, por ello voy a echarte del castillo. Esto me duele mucho pero aun más me dolería verte morir. Volverás a tu aldea con los tuyos, sé que sufrirás pero no hay otra opción.
—No mi señor, se lo imploro—me eché a sus brazos, la idea de alejarme de él me horrorizaba más que cualquier otra cosa—cualquier cosa menos eso por favor mi señor. Me quedaré en el calabozo si lo desea pero no me eche de palacio, se lo suplico mi señor.
—Lo siento pero no voy a cambiar de opinión—me apartó un poco de él y me cogió el rostro entre las manos—pasaremos hoy la última noche juntos y mañana te irás. No hay más que hablar. Vamos subiremos a mi cuarto—sabía que no podía hacer nada más para convencerle, que todo sería inútil y me resigné.
Subimos a su habitación y me pidió que me tumbase sobre la cama. Fue a una cómoda y se acercó a mí con un tarro de crema. Me tumbé boca abajo y él comenzó a untarme la crema en las nalgas. Era fresca y calmó mucho el dolor. La frotó con suavidad por mis nalgas, los muslos y la espalda. Lloré en silencio mientras lo hacía, no por dolor, si no por tristeza porque sabía que aquella era la última vez que estaba con él. Quise disfrutarlo todo lo posible. Después me di la vuelta y comenzó a darme la crema por mis pechos enrojecidos y después por mi sexo que me dolía mucho. Fue un gran alivio pero tan solo físico. Estuvimos unos minutos tan solo besándonos ya que las caricias me hacían daño pero al cabo de un rato cuando la crema hizo efecto comenzaron las suaves caricias por todo mi cuerpo. Era muy delicado conmigo, como si fuese de cristal y yo se lo agradecía. Hicimos el amor durante toda la noche y parte de la mañana, aquella era nuestra despedida. Me hizo disfrutar como nunca y yo a él también. No cesó mi llanto en toda la noche a pesar de que él hacía todo lo posible para calmarme. Me estrechaba entre sus brazos, me acariciaba el pelo y me besaba en la frente pero era inútil, me dolía demasiado alejarme de él.

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