Artista de palacio c4



Título: Artista de palacio
Categoría: Original
Género: Hetero-Yuri
Clasificación: no -18 años
Advertencia: Lemon, Violación, Tortura
Capítulo: 4 de 6 Finalizado: No
Resumen: Hace unos años yo era la artista de palacio en un gran reino. Una tarde la princesa salió a pasear por los jardines, era la mujer más hermosa que jamás había visto. Había tenido cientos de pretendientes pero al final eligió a mi Príncipe, mi Señor Cal Imparat. Nadie se puede imaginar cuanto la odié y la amé a la vez. Mi Príncipe había sido mi salvador hacía tiempo atrás, apenas tenía yo trece años.

Pasé una semana sin saber nada de la princesa, mi príncipe me llamó otra vez pero ella no estuvo ni me dijo nada. Pero un día mi príncipe me llamó y cuando acudí a su alcoba ansiosa vi que ella también estaba allí. Me quedé quieta en la entrada muy extrañada.
—Ven, acércate—me dijo mi príncipe y yo obedecí—nos gustaría que pintases un cuadro de nosotros dos—dijo señalando a la princesa.
Aquello no me sorprendió demasiado, la gran mayoría de los nobles y príncipes se hacían cuadros con su esposa. Encontré en un rincón un caballete con pinturas. Entonces fue cuando me sorprendí. Mi príncipe se estaba desnudando, al igual que la princesa. No pude dejar de mirarles, sus cuerpos eran hermosos y perfectos, ya había observado el cuerpo del príncipe cada noche que pasaba con él pero me sorprendí observando el de la princesa. Al quitarse el vestido me di cuenta de que su cuerpo era más bello de lo que me había imaginado. Tenía unos pechos perfectos de suaves formas, al igual que sus piernas largas y estilizadas. Tenía una cintura muy delgada y unas caderas no demasiado anchas. Su sexo tenía un fino bello dorado cubriéndolo, tenía una forma suave y en apariencia frágil. Era una mujer de formas perfectas y cada vez entendía menos como él me seguía deseando aun estando con ella. Salí de mi sueño y me di cuenta de lo que estaban haciendo. La princesa se había tumbado sobre la cama y el príncipe se puso sobre ella y la penetró. Aquello me horrorizó. La princesa gemía levemente y mi príncipe sonreía.
—Adelante, empieza a pintar—al fin reaccioné. A pesar de que no me gustaba nada comencé a pintar.
Me dolía muchísimo verles en aquella posición, sabía que el príncipe pasaba las noches con ella pero no podía soportar ver como mi príncipe penetraba a otra mujer delante de mis narices y además para que yo les pintara. Y todo empeoró cuando comenzaron a juguetear. Mi príncipe la besaba en el cuello, la acariciaba, la penetraba más hondo. No soportaba más aquella escena. Ellos no dejaban de juguetear y disfrutar mientras yo les pintaba. De vez en cuando ella me dirigía una mirada malvada, aunque por suerte él también tenía alguna mirada y sonrisa pícara para mí. Deseaba estar en el lugar de la princesa. Al final con una risita suya tiré los pinceles y salí corriendo de la habitación. Corrí por lo pasillos del castillo hasta que llegué a mi habitación. Me encerré y me senté en un rincón a llorar.
La princesa había conseguido lo que quería. Tal vez el príncipe ya no quisiera verme más por mi comportamiento infantil y aunque me llamase me daría demasiada vergüenza como para acudir. Pase días encogida en un rincón de mi habitación, sin comer y sin dejar de llorar, no sé exactamente cuantos porque no veía el sol ni las estrellas. Un día una sirvienta me dijo que el príncipe quería verme, quería que fuera a su cuarto. Yo lo pensé pero después de lo que hice no me atreví y me quedé en mi cuarto. Las cinco noches siguientes una sirvienta fue a mi habitación a llamarme pero yo no acudí a la llamada del príncipe, tenía demasiado miedo. Al final fue el príncipe el que acudió a mi cuarto. Estaba enfadado, entró bruscamente en la habitación y se quedó mirándome. Yo no levanté la cabeza, tenía el rostro oculto entre las rodillas porque estaba llorando.
— ¿Por qué no has acudido a mis llamadas?—me dijo con un tono muy serio. No pude contener los sollozos al escuchar su voz y creo que fue entonces cuando se dio cuenta de que lloraba—responde a mi pregunta—parecía furioso y yo no quería enfadarle más.
Me apresuré a arrodillarme ante él tocando con la frente el frío suelo.
—Lo siento mi señor, no podía, tenía mucho miedo—hablaba apenas con un hilo de voz—perdóneme mi príncipe, lo siento.
Me cogió por los brazos y me levantó hasta ponerme de puntillas. Yo no le miré a los ojos, no me atrevía, pero él me cogió el rostro con una mano e hizo que le mirase. Yo tenía los ojos empañados por las lágrimas pero aun así pude ver sus ojos marrones, si tenían aquel color significaba que estaba enfadado.
— ¿Por qué lloras?—su voz era muy dura y me hizo mucho daño, intenté dejar de llorar pero no pude viendo la furia de sus ojos y su voz.
—Lo siento, mi príncipe—dije entre lloros—perdóneme señor, perdóneme.
—Deja de pedirme perdón y explícame porqué te fuiste de aquella forma y no has vuelto.
—No lo sé mi señor, no podía ver más aquello, lo siento mi príncipe.
El príncipe me tiró sobre la cama y se quedó mirándome.
— ¿Por qué no podías ver más aquello?—me preguntó fríamente.
—Ella me odia y no soportaba verle con otra mujer—dije susurrando entre llantos sin atreverme a levantar la mirada.
—Va a tener ella razón, tú quieres ocupar su puesto y la odias por ser mejor que tú. Solo estás actuando para subir de nivel social e intentas manipularme. Eres penosa.
Sus palabras me sorprendieron mucho y tardé unos segundos en reaccionar. Bajé de la cama y me arrodillé de nuevo ante él.
—Le juro que yo no quiero ocupar el puesto de la princesa mi señor, no quiero subir en la sociedad, lo juro mi príncipe, no intento manipularle, se lo prometo, perdóneme si le he dado esa impresión. Haré lo que vos deseéis, mi señor, perdóneme.
Él pensó durante unos momentos. Yo tenía mucho miedo de lo que me diría.
—Pídele perdón a la princesa como lo estás haciendo ahora, y por tu bien más vale que tenga clemencia, porque ella decidirá lo que hacer contigo.
Aquello me aterrorizó, no que tuviese que pedirle perdón, eso no me importaba, si no que mi futuro estaba en sus manos y ella me odiaba. Seguí al príncipe hasta su habitación y enseguida me arrodillé ante la princesa sin mirarle a la cara apoyando la frente en el suelo y le supliqué perdón. Ella se lo pensó durante un rato.
—Tienes dos opciones—dijo al fin—puedo no perdonarte y regresar a tu aldea o puedo perdonarte con la condición de ser mi sirvienta y hacer solo lo que yo te ordene.
No tuve dudas sobre lo que quería.
—Perdóneme mi señora, se lo suplico.
Tenía la opción de volver a mi aldea con mi familia pero entonces no volvería a ver a mi príncipe y le amaba demasiado para ello. Seguramente la princesa no me permitiría acercarme a él y me haría pasar muchos sufrimientos, pero al menos sabría que mi príncipe estaba próximo.
—Está bien, como prefieras, te perdono—lo dijo en un tono muy oscuro que me hizo estremecer—príncipe, ¿puedes dejarnos solas?—escuché como el príncipe salía de la habitación y cerraba la puerta tras de si—levántate—me ordenó la princesa. No me atreví a mirarla a los ojos por miedo a enfadarla. Ella se acercó a mí y me acarició el rostro con una fría delicadeza—has llorado ¿por el príncipe?—soltó una suave carcajada—voy a divertirme mucho contigo. Por el momento ya supondrás que no volverás a pasar ninguna noche con el príncipe, sin embargo si te portas bien y me obedeces tal vez pases la noche conmigo—aquella idea no me agradaba demasiado, aunque por otro lado ella era muy hermosa y yo sentía algo que no entendía al estar en su presencia—pero por el momento tan solo serás mi sirvienta. Tengo un cuarto para mí sola, tú dormirás allí en el suelo. Me seguirás a todas partes salvo que yo te diga lo contrario y lo harás a cuatro patas.
Aquello no me sorprendió, ya me imaginaba que tendría alguna tortura preparada para mí. Después ella salió de la habitación y yo la seguí a gatas. Me costaba mucho seguir su paso, aun más con el vestido, pero lo hice. Fuimos a la biblioteca, donde se encontraba el príncipe, tuve que bajar las escaleras a gatas y casi caigo rodando por ellas. Llegamos frente al príncipe y levanté la vista un segundo para ver su rostro. Estaba serio y creo que no le gustó demasiado pero no dijo nada. Ellos se pudieron a hablar, salieron al jardín y dieron un paseo. Yo los seguía unos pasos por detrás. Me dolían las rodillas y el vestido se estaba rasgando, pero no quise enfadarles y les seguí en silencio. De vez en cuando no podía contener unas lágrimas tácitas. A la hora de la cena me pusieron un plato en el suelo para que comiera. Me parecía humillante pero no me quejé porque tenía al príncipe junto a mí. En la noche la princesa fue al cuarto junto a mi príncipe, creí que me mandaría al otro cuarto pero me dijo que me quedase con ellos. Me indicó que permaneciera en un rincón y que podía mirar todo lo que quisiera. Aquello me dolió más que todas esas humillaciones. Estuve encogida junto a la pared y oculté el rostro entre los brazos, intenté taparme los oídos todo lo que pude aunque no dejé de oír los gemidos de la princesa y de mi príncipe. Lloré, lloré muchísimo toda la noche en silencio, hasta que me quedé dormida. No soportaba aquello, era peor que la tortura física, estar en aquel cuarto mientras los príncipes hacían el amor. Deseé cientos de veces marcharme, pero sabía que si lo hacía no volvería a ver al príncipe.

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