Un Omega en la Unidad [cap1]


Título: Un Omega en la Unidad
Fandom: Mentes Criminales (crossover con Hemlock Grove y The Strain)
Pareja: Aaron Hotchner x Spencer Reid y otras
Autor: KiraH69
Género: Yaoi, Slash, Omegaverso
Clasificación: +18         Advertencias: Lemon, Violencia
Capítulos: 5 (1 de 5)
Resumen: Para poder permanecer trabajando en la Unidad, Reid le ha ocultado a todo el mundo que es un omega y nunca ha buscado un alfa, pero está llegando a una edad en la que su cuerpo sufrirá graves daños si no se empareja pronto con uno. El único que sabe de su condición es Hotch, pero este no permite que ningún alfa se acerque a él por miedo a que decida prohibirle trabajar.



Capítulo 1


—Hotch—Morgan entró en su despacho apenas llamando—. ¿Sabes algo de Reid? Creí que volvería hoy, lleva sin venir desde el jueves y no responde al teléfono.

Era ya lunes y nunca se tomaba más de cuatro días libres. Hotch también estaba preocupado, pero no quería mostrarlo ante sus compañeros.

—Está visitando a su madre, quizás surgió algo. No te preocupes, yo me encargo—respondió, sin levantar la vista de los papeles.

Morgan no se quedó del todo convencido con la respuesta, pero lo aceptó y salió del despacho. Reid se tomaba tres o cuatro días libres cada tres meses para visitar a su madre, o eso decía a sus compañeros. Ese era el motivo oficial, solo Hotch sabía la verdad.

A la hora del almuerzo, por suerte sin que hubiera entrado ningún caso urgente todavía, Hotch salió de la oficina y bajó al garaje. Intentó llamar de nuevo a Reid desde el coche, pero seguía sin contestar. Eso sí que era preocupante, siempre estaba localizable. Se dirigió directamente al apartamento de Reid. Llamó al timbre del portal, pero nadie contestó. Sacó sus llaves, eran solo para emergencias, pero esta podía ser una.

En la puerta del apartamento había un olor artificial que neutralizaba cualquier olor que pudiera salir del interior. Llamó de nuevo al timbre y tocó con los nudillos, pero no hubo respuesta. Estaba seguro de que Reid estaría en casa, no iba a salir a la calle en su condición. Abrió la puerta con una mano sobre su pistola guardada en su funda y el olor lo golpeó pesadamente. Se sujetó en el marco de la puerta y cerró los ojos intentando acostumbrarse. Tenía que mantener la compostura, pero no era fácil. El olor sacudía su cerebro, removía sus instintos más animales.

Cuando abrió los ojos, se encontró con un salón-comedor completamente a oscuras, con las persianas bajadas y ni una sola lámpara encendida. Aunque eso no era algo extraño, sabía que en esos días prefería estar a oscuras. Encendió la luz y echó un vistazo a su alrededor. Había libros por todas partes, varias libretas con anotaciones a mano y el portátil cerrado sobre la mesa, lo habitual en aquella casa. Se asomó a la cocina. Había embases de comida precocinada en la basura y algunos platos y cubiertos sucios en el fregadero y sobre la encimera. Llevaba cuatro días sin cocinar ni fregar, algo también habitual en esa situación.

Se dirigió hacia el pasillo, al otro lado de la sala. El olor era más intenso en aquella zona. Había una puerta abierta a cada lado y la luz del baño estaba encendida. Entró con cautela y encontró el cuerpo desnudo de Spencer boca abajo en el suelo, con los pies dentro de la ducha y una toalla a su lado. Se agachó rápidamente junto a él y presionó dos dedos contra su cuello. Aún estaba vivo, pero su pulso era muy débil. Su cuerpo ya estaba seco; si se había desmayado al salir de la ducha, llevaba bastante tiempo allí tirado.

Le dio la vuelta y lo tomó en brazos, llevándolo hasta el sofá en el comedor –ni siquiera se atrevía a entrar en la habitación–. Llamó a una ambulancia y mientras esperaba le puso un pantalón de chándal y una camiseta que encontró en un montón de ropa en la cocina. Se sentó a su lado y lo examinó. Tenía un pequeño golpe en la frente. Probablemente se había desmayado, pero había conseguido amortiguar en parte la caída con sus brazos.

Hotch no sabía qué le había pasado, pero no dejaba de culparse a sí mismo por ello. Debería haber ido a verle mucho antes, en cuanto se dio cuenta de que no iba a ir a trabajar. Su instinto le decía que tenía que cuidar de él, que era su deber y que había fallado. Nunca había visto a su compañero en ese estado y habría deseado no hacerlo. Spencer se veía muy vulnerable y frágil.

—Hos...—apenas fue un suspiro. Spencer entreabrió los ojos, pero fue incapaz de enfocar la mirada y no pudo incorporarse por mucho que lo intentó.

—Tranquilo, no te preocupes, todo irá bien—puso una mano sobre su frente mientras tomaba su mano y eso pareció calmarle.

El joven cerró los ojos ante la molesta luz. Spencer sentía su cuerpo entumecido, dolorido por todas partes. Estaba exhausto, le costaba incluso respirar. No recordaba qué había pasado, incluso los últimos días estaban algo borrosos, aunque eso era normal. Lo único que lo mantenía consciente en ese momento era la cálida mano contra su piel, le hacía sentir seguro. Aunque, al mismo tiempo, el olor de su compañero le inquietaba, una desagradable mezcla de preocupación, enfado y culpa. Se preguntó si estaba enfadado con él y eso fue lo último que pensó antes de desmayarse de nuevo.

Hotch lo acompañó en la ambulancia y estaba a su lado cuando abrió los ojos en la cama del hospital.

—Hotch... qué...

—Hola. Estás en el hospital, te desmayaste en la ducha—le explicó. Extendió la mano para tocarle, pero la retiró en el último momento, no sabía si era apropiado.

Spencer miró a su alrededor. Estaba en una habitación individual, con las luces tenues y un gotero con un líquido transparente unido a su brazo. Poco a poco era consciente de lo que había sucedido. Hotch se asomó al pasillo y llamó al doctor.

—Doctor Reid, soy el doctor Karev. ¿Cómo se encuentra?—le preguntó, revisando los papeles con sus resultados.

—Cansado. ¿Es omegenia?

El doctor le miró levantando las cejas.

—Así es. Dr. Reid, está muy bien esperar al alfa adecuado, pero sabe que el cuerpo omega sufre cuando no pasa el celo con un alfa y con el paso del tiempo el daño es mayor.

—Lo sé.

—Si lo sabe y no hace nada al respecto significa que es un suicida—Hotch avanzó un paso ante el aire agresivo que comenzó a emitir el doctor, pero este no se sintió intimidado—. Dr. Reid, si continúa así cada vez sufrirá más durante el celo y se encontrará más débil al finalizar. El daño en su organismo será permanente y tendrá una muerte prematura. Aparte de recetarle una docena de pastillas de todo tipo para paliar los efectos temporalmente, mi mejor consejo es que se encuentre un alfa antes de su próximo celo. Aún está a tiempo de recuperarse por completo, pero ya está en una edad de riesgo.

—Solo tiene 29 años—replicó Hotch.

—Eso se considera edad de riesgo para un omega varón. Y, si usted es su alfa a cargo, es su responsabilidad asegurarse de que cuida de su salud. Si su situación se agrava más, podríamos presentar cargos contra usted-

—Eso no será necesario, doctor—le interrumpió Spencer—. Me cuidaré, estaré bien, se lo prometo.

El doctor Karev frunció el ceño y suspiró resignado. Realmente no había más que él pudiera hacer, era decisión de su paciente aceptar o no un alfa.

—Permanecerá aquí un día más y después irá a revisiones cada tres días con su médico de cabecera. Debemos hacerle un seguimiento para asegurarnos de que se recupera.

—Sí, doctor. Gracias.

El doctor salió de la habitación y Reid se quedó a solas con Hotch.

—Debiste habérmelo dicho—le dijo Hotch mientras paseaba con los brazos cruzados frente al pecho de un lado a otro de la habituación—. ¡Yo debería haberme dado cuenta! La última vez estabas en muy malas condiciones cuando regresaste al trabajo.

—Siempre estoy en malas condiciones.

—Peor de lo habitual.

—¿Y qué habrías hecho? No hay nada que tú puedas hacer—se incorporó en la cama, pero no tenía fuerzas suficientes para levantarse.

—No deberías hacer trabajo de campo en estas condiciones.

—Lo sabía, no te dije nada porque sabía que querrías sacarme del equipo—masculló agachando la cabeza.

—No quiero sacarte del equipo. Te he mantenido en él estos años a pesar de ser un omega porque eres probablemente el más importante del equipo, eres irremplazable. Pero no puedo poner tu vida en peligro ni la de los demás enviándote por ahí cuando podrías volver a desmayarte en cualquier momento. Puedes seguir viniendo con nosotros, siempre que no tengas una cita médica, pero permanecerás en el centro de mando.

Hotch había sido tajante, su tono no admitía réplica. Spencer apretó los dientes, retorciendo las ásperas sábanas entre sus manos. El dolor que sentía en su pecho no tenía nada que ver con estar enfermo. Odiaba ser menospreciado por ser un omega, odiaba que lo trataran como una delicada pieza de cristal que podía romperse con solo mirarla, como un ingenuo incapaz de decidir por sí mismo lo que era mejor para él. Odiaba ser omega y por eso se cubría de apestosos olores artificiales a beta desde que se había presentado y si no tomaba supresores del celo era porque podían ser contraproducentes con sus antecedentes familiares.

Su jefe nunca le había tratado de forma diferente por ser un omega, siempre había sido un miembro más del equipo, pero ahora iba a aislarlo de nuevo. Que fuera Hotch quien le tratara así era precisamente lo que más le dolía. Pero, aun así, el equipo era todo lo que tenía. Aunque no le permitiera salir del centro de mando, quería seguir trabajando con ellos.

—No se lo cuentes—le pidió con apenas un susurro—. Por favor.

Hotch le miró con los ojos entornados. Se veía como un pequeño cachorro al que habían castigado. El olor que desprendía despertaba su instinto protector y hacía que quisiera abrazarlo y consolarlo, pero no podía.

—No está en mi mano contárselo o no. Si prefieres decirles simplemente que estás enfermo, yo no añadiré más, después de todo es cierto.

—Gracias.

—Cuando termine el trabajo te traeré algo de ropa. Descansa.

Salió rápidamente de la habitación, no podía permanecer allí o no resistiría más aquel olor a omega. No estaba acostumbrado al olor natural de su compañero, siempre disfrazado de beta, solo lo había olido una vez antes y ya habían pasado años.

Aquella tarde, por primera vez en... años, Hotch salió a su hora del trabajo, sin hacer horas extra. Fue al apartamento de Reid. Estaba tal y como lo había dejado, con las luces del baño y el salón aún encendidas. Cerró la puerta tras de sí y esta vez dejó que el olor a omega en celo lo envolviera. Era un olor tan delicioso, tan seductor, abrumador. Se acercó a la habitación y se quedó en la entrada. Allí el olor era tan denso que podía saborearlo. Tanteó su paquete, ya estaba duro. Llevaba tanto tiempo sin tener sexo. Aunque con ese olor se habría puesto duro igualmente aun si lo hubiera hecho esa misma mañana.

Las sábanas y la colcha estaban por el suelo, en la cama solo quedaba la sábana bajera completamente revuelta. Había pañuelos usados por todas partes y varias cajas de estos vacías. También algunos platos sucios por el suelo y montones de ropa sucia y toallas. La habitación de un omega se convertía en un auténtico caos durante el celo. Podía verlo en aquella cama, retorciéndose y gimiendo excitado, con su piel perlada de sudor y la lubricación deslizándose por sus muslos. Masturbándose, pero incapaz de satisfacerse a sí mismo.

Entonces se dio cuenta de que era él quien se estaba masturbando. No era su intención hacerlo, pero se había quedado completamente absorto en aquel aroma. Nunca había estado con un omega, la única persona en su vida hasta entonces había sido su esposa, una beta. Su instinto alfa le decía que tomara al omega en celo, que lo hiciera suyo. Aunque no con tanta intensidad, no era la primera vez que le sucedía, no era el primer omega en celo con el que se encontraba, pero siempre había logrado reprimir sus deseos.

Terminó en el baño y se miró al espejo para asegurarse de que nada denotaba lo que acababa de hacer. Abrió todas las ventanas del apartamento para que aquello se ventilara y guardó algo de ropa limpia en una mochila y unos cuántos libros antes de marcharse. Cuando llegó a la habitación del hospital, Reid estaba durmiendo profundamente. No lo despertó, dejó la mochila a un lado y se quedó por un momento observando su plácido rostro dormido.

El estado en el que se encontraba era en parte su culpa. Spencer sabía que no podía tener un alfa si quería seguir trabajando en la Unidad, ningún alfa le permitiría seguir trabajando en algo tan peligroso, y la Unidad era lo más importante para él. Y Hotch lo había permitido, le había ayudado a ocultar su condición a sus compañeros y al resto del mundo. Por supuesto que el FBI sabía que era un omega, pero a ellos les daba igual su salud o seguridad siempre que siguiera siendo de utilidad. Aunque él había actuado igual. Sabía que como omega necesitaba un alfa, pero lo había ignorado por su propia conveniencia. No estaba cumpliendo con su deber como alfa de protegerlo.


Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada. Leon Tolstoi.


Reid regresó al trabajo dos días después y solo dio como excusa a sus compañeros que había estado resfriado. Aún se veía algo pálido y sin mucha energía así que no fue difícil de creer. Hotch se preguntaba si debía darle una baja, al menos temporal, pero entonces les llegó un caso.

—Chicos, esta vez no vais a tener que ir muy lejos, nos han llamado desde Baltimore, aquí al ladito—les informó García. Encendió la pantalla de la sala de reuniones al tiempo que ella misma desviaba la mirada a otra parte—. Os presento a Mía Gedmintas, la primera víctima descubierta. Era una omega de 22 años y llevaba prostituyéndose desde los 19. Se la encontró el sábado en una alcantarilla, llevaba tres días muerta.

—Supongo entonces que la mayoría de los daños de su cuerpo fueron causados por las ratas, no por el sudes—comentó Prentiss.

—Probablemente—respondió Morgan, leyendo el informe en su tableta—. Según el forense, el sudes la apuñaló en el vientre al tiempo que mordía su cuello, aunque las heridas están demasiado deformadas por los mordiscos de otros animales como para poder sacar moldes del arma o la dentadura del asesino.

—Quizás eso era lo que pretendía. Arrojándola a las alcantarillas supuso que su cadáver desaparecería rápida y definitivamente—añadió Jareau.

—Sospecharon de Vasiliy Fet, un exterminador que encontró el cadáver—continuó García—, pero lo descartaron cuando vieron a un hombre arrojar otro cuerpo a las alcantarillas antes de ayer mientras él estaba bajo custodia. Esta es Ruta Brown, la segunda víctima encontrada. También era prostituta y omega, de 23 años. Tiene las mismas heridas que la primera. Se ha intentado sacar un molde de las mordeduras del cuello, pero la piel está tan desgarrada que ha sido imposible.

—Hay dos víctimas más—Prentiss frunció el ceño al seguir leyendo el informe.

—Tras encontrar a la segunda víctima, se hizo una batida por las alcantarillas (que aún sigue en marcha) y por ahora se han encontrado otros dos cuerpos, pero están en tan malas condiciones que su identificación no ha sido posible por ahora.

—Una tiene más de dos semanas y la otra alrededor de un mes—leyó Morgan—. Va reduciendo los intervalos.

—Eso si es que no ha matado entre medias y aún no se han encontrado.

—Tiene una predilección clara, las cuatro eran morenas, omegas y blancas y, aunque les falten los ojos, seguramente los de las desconocidas también eran castaños y serían igualmente prostitutas—observó Reid—. La forma en la que las ha asesinado denota una inmensa rabia hacia estas mujeres o hacia la mujer a la que representan, tal vez una exnovia, una mujer que lo rechazó, su madre... El hecho de que sean prostitutas podría deberse a que busca presas fáciles que no dejen rastro, mujeres a las que nadie echa de menos, o bien con su apariencia o por una deficiencia en sus capacidades sociales no es capaz de atraer mujeres si no es pagando.

—Probablemente se trate de un alfa y sea impotente e incapaz de marcar—intervino Hotch por primera vez—. No hay signos de violación, pero ha destrozado el útero de las cuatro víctimas a puñaladas y les ha arrancado una gran cantidad de carne del cuello a mordiscos, seguramente por la rabia de no poder marcarlas.

—También podría ser un beta frustrado con complejo de inferioridad.

—Es raro que un beta presente semejante violencia, aunque no es descartable.

—Pongámonos en marcha, iremos en los coches.

Llegaron en hora y media al departamento de policía de Baltimore. Era un absoluto caos de agentes en movimiento y teléfonos sonando por todas partes. Les sorprendió que un caso de asesinato de prostitutas levantara tanta conmoción. En una de las mesas Morgan encontró un periódico y en portada, bajo el titular «El devora-prostitutas anda suelto», aparecía la silueta agachada de un hombre cargando con un gran bulto sobre su hombro frente a la boca abierta de una alcantarilla. Era la única imagen que se había conseguido del asesino, sin la suficiente calidad como para sacar nada de ella, y de algún modo se había filtrado a la prensa. Ahora entendían a qué venía tanto revuelo.

—Agente Hotchner, me alegra verle—le saludó un hombre trajeado de pelo blanco.

—Comisario Gibbs—se dieron la mano—. Habría sido mejor vernos en otras circunstancias.

—Cierto, no es precisamente nuestro mejor momento. La prensa ha tomado mucho interés en este caso, incluso le ha puesto ese horrible apodo. Tenemos que cogerlo antes de que haya otra víctima.

—Eso es lo que intentamos siempre. Mis agentes irán a los lugares donde se han encontrado las víctimas y hablarán con los posibles testigos. Me gustaría poder hablar también con el hombre que encontró el primer cadáver, el señor Fet.

—Por supuesto, pero el Sr. Fet ya no es un sospechoso, el asesino arrojó otra víctima a las alcantarillas mientras lo teníamos encerrado. A no ser que piensen que puede ser un cómplice.

—No—intervino Spencer—, un hombre tan violento y con tanta ira, con un interés tan específico y personal, no actuaría nunca con un compañero. Este es un trabajo de una única persona.

—Pero, según creo—continuó Hotch—, el Sr. Fet es un exterminador y tiene conocimiento de las alcantarillas, les está ayudando con la búsqueda de cuerpos, ¿me equivoco? Podría sernos útil.

—Claro, por supuesto.

Le hizo una señal con la mano a uno de sus subordinados y este se acercó junto a un hombre tan alto y cuadrado como un armario. No solo su apariencia de jugador de hockey era imponente, también su intenso olor a alfa amenazaba con someterlos a todos. Spencer sintió un hormigueo en su estómago y sus piernas temblaron por un momento. Estaba acostumbrado a estar rodeado de alfas, la gran mayoría de policías y agentes del FBI lo eran, y sabía controlar las reacciones de su cuerpo, pero aquel alfa era similar a su jefe, un pura sangre, y estaba consiguiendo que su necesitado cuerpo reaccionara.

—¿Son los agentes del FBI?—preguntó con una sonrisa.

—Agente Hotchner, de la Unidad de Análisis de Conducta.

Cuando vio a ambos alfas darse la mano, Spencer sintió que su trasero goteaba. Eso no era habitual, pero había demasiada testosterona y su cuerpo estaba muy vulnerable. No pudo evitar ruborizarse levemente, apartando la mirada. De ese modo, no pudo ver cómo los ojos de aquel enorme hombre se fijaban en él.

—Señor Fet, nos gustaría hablar con usted—le dijo Hotch, dándose cuenta enseguida de que su atención estaba fija en el omega—. Sé que habrá repetido la historia muchas veces a la policía, pero podría sernos de utilidad.

Vasiliy lo esquivó sin prestarle más atención, acercándose en un par de largos pasos a Reid. Era incluso media cabeza más alto que él, más alto que cualquiera de ellos. El omega le miró confuso y entonces aquel hombre, casi rozando su cuerpo, inclinó la cabeza y le olfateó sin ningún disimulo. Reid se puso nervioso. Se había echado una buena cantidad de olor beta, estaba seguro de que nadie podría oler su esencia omega, incluso logró resistir el fuerte impulso de exponer su cuello ante el alfa, pero aquel hombre parecía sospechar algo.


—No sabía que los omegas pudieran ser agentes del FBI—comentó casualmente.

Continuará...

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