El Demonio Castigado y el Íncubo 3 [cap14]


Título: El Demonio Castigado y el Íncubo 3
Tercer Libro: "La Sangre de los Kuroichi"
Fandom: The Map of Tokyo Savage
Pareja: Hageshii ♥ Konome y muchas más...
Autor: KiraH69
Género: Yaoi, Acción, Aventura, Romance, Sobrenatural
Clasificación: +18
Advertencias: Incesto, Lemon, SM, Violencia
Capítulos: 14 (de 19)
Resumen: Los cuatro habitantes de la Casa de Té reciben una aterradora visita inesperada. El padre de Hageshii aparece exigiéndole que encuentre a su hermano, el cual se ha escapado de casa por un amor humano. Pero las cosas no son como parecen, el hermano de Hageshii esconde un secreto que arrastrará a Hageshii a luchar a través de los mundos.
Konome, Takashi y Katsuragi son personajes de Dr.Ten, el resto son originales míos.


Capítulo 14

Después de haber subido hasta el quinto piso, comenzaron a descender una escalera de caracol muy estrecha iluminada únicamente por una esfera verde que el Dios llevaba en su mano.
—¿Cuánto más vamos a bajar? ¿Vamos a llegar hasta la base de la montaña?—preguntó Hageshii, sintiendo como si aquello fuera interminable.
—¿La base de la montaña? Ya ni siquiera estamos en el Inframundo—rió Hades sin dejar de caminar frente al demonio.
—¿Qué estás diciendo? No hemos salido del castillo—exclamó el pelirrojo agarrando su brazo.
—En algún tramo de estas escaleras nos hemos transportado a otra dimensión. Al mundo llamado Paraíso.
Hageshii perdió pie y estuvo a punto de caer escaleras abajo, de no ser porque Hades lo cogió a tiempo. Los ojos del demonio estaban muy abiertos y miraron con pasmo al Dios mientras se aferraba a sus brazos jadeando.
—¿Qué estás... diciendo?... ¡¿Pretendes destruirme?!—gritó sin apenas poder controlarse, sin poder creer lo que estaba pasando.
—Precisamente para que eso no suceda estamos bajando estas escaleras—le contestó con una confiada sonrisa.
—No entiendo...—aquel frío rostro, que a pesar de estar sonriendo no le transmitía emoción alguna, solo conseguía confundirlo más.
—Como bien sabrás—comenzó a explicar el Dios, poniendo derecho al pelirrojo que aún seguía sujeto a él—, si un demonio pone un solo pie en el Paraíso simplemente desaparecerá por siempre. Al igual que si un ángel habitante del Paraíso llegara al Infierno. Las auras de ambos lugares son mortales para demonios y ángeles respectivamente. Por supuesto, a mí como Dios, esas auras no me afectan, del mismo modo que a los humanos. Pero estas escaleras que estamos descendiendo son un pasadizo hacia el Paraíso, por el cual pueden pasar los demonios y permanecer en el Paraíso por un cierto periodo sin ningún problema. La energía de este pasadizo te está volviendo... digamos “inmune” al aura del Paraíso, aunque el efecto no perdurará más de unos días. Es por ello que tenemos que recorrer tanto tramo, en realidad podríamos haber llegado hace rato pero no sé cuánto tiempo vamos a tener que permanecer allí, por eso quiero que te inmunices para un tiempo. ¿Lo has entendido?
—...Creo que sí... ¿Pero qué demonios es lo que vamos a hacer allí?—preguntó sin haberlo entendido muy bien, pensando que era algo así como cuando él inmunizaba a Konome de su veneno. No se sentía para nada cómodo con la idea de viajar a aquel mundo.
—Ya lo verás cuando lleguemos, no seas impaciente—y sin una sola palabra más siguieron su camino por el pasadizo al Paraíso.


Los cuatro seres que habitaban la Casa de Té mientras Hageshii intentaba recuperar sus poderes, estaban ahora reunidos en la parte baja, disfrutando tranquilamente de la deliciosa comida de Katsuragi en una de las mesas, algunos en mejor estado físico que otros.
—¿No crees que está tardando mucho? Pensé que sería algo rápido—decía Takashi, quien apenas podía mover los músculos de su cuerpo, sintiendo todavía un intenso ardor en sus entrañas.
—Tal vez se haya quedado hablando con su madre, debe de tener muchas cosas que decirle—contestó Katsuragi quien, por primera vez en mucho tiempo, también comía a su lado.
—No creo que sea por eso, el proceso de liberar sus poderes probablemente sea largo—replicó Reitan quien se encontraba en la esquina opuesta al exorcista, aún cabreado con él.
—¿Entonces eso significa que va a tardar mucho? ¿Cuánto tiempo?—preguntó Konome, que apenas había probado bocado, muy preocupado por su amante.
—No lo sé pequeño, pero tranquilo, estoy seguro de que se dará toda la prisa posible para volver cuanto antes a tu lado—el demonio acarició tiernamente las orejas de su cuñado.
—Por mí puede tardar todo el tiempo del mundo—refunfuñó el exorcista.
—Eso es porque en cuanto vuelva te va a matar—rió Katsuragi como si no fuera nada.
—¡Claro que no va a matarme! Eso solo lo dijo en el calentón del momento—deseaba creerse sus propias palabras pero le resultaba muy difícil.
—Por supuesto que va a matarte. ¿Por qué crees sino que te he dejado con vida? Si Hageshii no lo fuera a hacer te habría matado yo mis-
Reitan se calló súbitamente, soltando sobre el plato los palillos que tenía en la mano. Sintió una fuerte punzada en su pecho y un enorme terror. Pocos segundos después, los otros tres pudieron entender su extraña reacción. Sintieron aquella poderosa y oscura energía que, al igual que en ese momento, les había dejado paralizados días atrás. La diferencia es que el temor que surgió en su interior esta vez tuvo una causa conocida.
—¡Aquí estás!—la voz de Gorou retumbó en toda la sala.
—Pa-pa-padre... —el joven demonio comenzó a temblar con una expresión de verdadero pánico en su rostro.
—¡Reitan! ¡Regresa ahora mismo a casa!—el gran demonio apareció frente a ellos enfurecido.
El joven quería negarse pero era incapaz de articular palabra, sabía ya lo que le esperaba y temía la furia de su padre más que nada. Agachó la cabeza y se acercó a su padre, no queriendo prolongar más la espera para que la ira no fuera mayor.
—¡No! ¡Reitan no vayas!—gritó Takashi, saltando por encima de la mesa y agarrándole por el brazo.
—¡No te entrometas humano!—Gorou alzó su puño y lo lanzó en contra del moreno, pero Reitan le apartó en el último momento y recibió el golpe en su lugar, sabiendo que si lo hacía Takashi podría morir.
Fue lanzado por los aires hasta un rincón del local, quedando empotrado en la pared. El exorcista, con el corazón acelerado, corrió hacia él e intentó sacarlo con delicadeza.
—Reitan... idiota... ¿Por qué has hecho eso?—susurró. Pudo ver como las lágrimas se deslizaban por las mejillas del demonio silenciosas, y en su rostro solo había una expresión de resignación.
—Apár-tate... o te... matará...—le dijo empujándolo a un lado, caminando de nuevo hacia su padre.
—¡No! No voy a dejar que te lleve—le sujetó entre sus brazos mirando desafiante a su padre.
—Estúpido humano... ¿en serio crees que tienes una oportunidad de enfrentarte a mí?—sin que tan siquiera pudiera verla, una mano del demonio agarró del cuello a Takashi y lo levantó en el aire como si fuera una pluma.
—¡Espera padre! ¡Déjale por favor! Él es solo un humano, no puede hacer nada... Me iré contigo pero por favor, déjale, no le hagas daño—suplicó Reitan aferrándose al brazo de su padre.
Gorou miró los ojos llorosos de su hijo y con un gruñido soltó a Takashi, tirándolo sin mucha fuerza contra la barra. Agarró a su hijo por los violetas cabellos y desaparecieron de allí. Takashi se quedó de rodillas, destrozado por el dolor, pero lo peor era la impotencia que sentía al no haber podido hacer nada para evitar que se llevaran al hermano de Hageshii. Konome se acercó rápido a él. Tanto el íncubo como el ojiverde habían sido incapaces de moverse.
—¡Takashi! ¿Estás bien?—le preguntó el pequeño acariciando su rostro.
—Sí... aunque no será por mucho tiempo—respondió apretando sus puños.
—Cierto, en cuanto Kuroichi regrese te matará, eso no lo dudes—le dijo Katsuragi, que solo ahora podía mover su cuerpo.
—Ese bastardo... ¿Cómo ha podido llevarse a Reitan así como así? ¿Y por qué el muy idiota ha aceptado?—todo su cuerpo temblaba de rabia.
—Oye Shinohara... no te habrás enamorado de ese demonio, ¿verdad?—inquirió el ojiverde.
—Quién sabe...

—Ya es el momento—dijo el Dios parándose en las infinitas escaleras.
—¿Va-vamos a ir ya?—preguntó el demonio muy nervioso.
—Sí, prepárate—Hades alzó la mano y frente a ellos apareció un portal blanquecino.
El Dios cogió a Hageshii por el brazo para que no se rezagara y atravesaron el portal.
Un desierto absoluto... Un viento ardiente arrastrando arena y polvo... Aire tan denso que le costaba respirar, con un olor realmente repugnante que lo mareaba y aturdía sus sentidos... Tierra rojiza y dura completamente seca... Nubes tronando sobre sus cabezas, cubriendo por completo el cielo... Las únicas luces del lugar los truenos azulados que le cegaban de vez en cuando. Hageshii tuvo que sentarse en el suelo para acostumbrarse a aquel lugar.
—¿Es... Este... sitio... es el... Para-íso...?—preguntó el demonio sin apenas poder respirar.
—Así es. Tranquilo, te acostumbrarás en un momento—contestó el Dios, sin sentirse muy a gusto tampoco.
—No se parece... en nada a como... lo imaginan los humanos...—se levantó con gran esfuerzo, agarrándose a la túnica del otro.
—Así no es todo el Paraíso, hay otras zonas algo mejores, pero no mucho—comentó riendo Hades—. Pero eso ya deberías saberlo, ¿es que no te han enseñado nada en el Infierno?
—Lo cierto es que... lo mío no era estudiar... eso se le daba mejor a mi hermano...
—Ya me he dado cuenta—el Dios lo cogió por la cintura para que no cayera mareado.
Hades observó el cielo y vio que al fin llegaba lo que estaba esperando. Al principio solo fueron sombras entre las nubes pero después Hageshii pudo verlas bien. Sus cuerpos eran grandes y musculosos, de piel áspera algo más oscura que la tierra que pisaban, sin pelo alguno, con un par de enormes alas membranosas a sus espaldas y sus rostros eran iguales a los de las gárgolas que el demonio había podido ver en algunas catedrales de la Tierra.
—E-e-eso... son... ¿ángeles?—preguntó el pelirrojo muy sorprendido.
—¿Tienes algún problema con nuestro aspecto? Demonio repugnante—dijo uno de ellos con voz ronca cuando el grupo de cinco ángeles les hubo rodeado.
—Esto también deberías haberlo estudiado, pero bueno. Los humanos tienen un concepto inverso de ángeles y demonios. Los que ellos creen ángeles de gran belleza son en realidad los demonios y viceversa—le explicó Hades observando al líder del grupo fijamente—. Aunque ninguna de las dos razas representan el “bien”, en realidad sois bastante parecidos.
—Hades, Dios del Inframundo, tienes todo nuestro respeto, pero por favor, no nos compares con estos inmundos seres—le dijo el líder, de tamaño poco mayor que el resto.
—¡Oye tú! Más te vale... dejar de insultarme, gárgola... Aunque me encuentre... en este estado puedo destruirte... y mandarte al Infierno a que allí... te torturen...—le advirtió el demonio ya harto de aquellos tipos aunque apenas acabaran de llegar.
—¿Sin casi poder respirar? Dudo mucho que puedas hacer algo—pareció que su risa salía de una profunda caverna.
—Yo no estaría tan tranquilo—replicó Hades—. Hageshii es nieto del Diablo e hijo de mi hermana. Probablemente podría destruiros a los cinco en unos minutos.
—¡¿Este es el demonio a quien sellamos los poderes?!—exclamó el ángel, mirando con sus grandes ojos huecos al joven.
—Exacto, y ahora quiero que los liberéis—empujó a Hageshii delante suyo para que se acercara al ángel.
—Me niego, está bien como está. No pienso ayudar a ningún demonio a ser más poderoso—levantó su cabeza mirando con soberbia a Hageshii, que ahora estaba encorvado frente a él, sin apenas poderse mantener en pie.
—Me temo que lo has entendido mal. No es una petición sino una orden. Libera sus poderes—el mandato del Dios era firme, tanto que hizo temblar a lo cinco ángeles.
—Si lo hacemos y no resiste es posible que sea destruido para toda la eternidad—bien poco le importaba eso al ángel, simplemente no quería hacerlo.
—Cierra el pico y hazlo... gárgola—exigió el pelirrojo poniéndose todo lo recto que pudo.
—Urg... Muy bien, entonces prepárate para sufrir el mayor tormento de tu vida—gruñó el líder, haciendo una señal a sus compañeros para que se acercaran.
Los otros cuatro ángeles les rodearon, juntaron sus manos –o mejor dicho garras– como si estuvieran rezando y comenzaron a murmurar unas frases ininteligibles para el demonio. El líder puso su garra derecha sobre la cabeza del pelirrojo e hizo que hincara la rodilla en la roja tierra. Hageshii se contuvo de golpearle únicamente porque quería acabar rápido con aquello. Un círculo de un brillante rojo comenzó a crearse a su alrededor. El demonio sintió nauseas, se sintió aun más mareado que antes. Las palabras pronunciadas por las roncas voces retumbaban en sus oídos inundando su cabeza. Su vista se nubló, se sintió en el vacío, lo único que le mantenía en ese mundo era la mano del ángel que sujetaba su cabeza con firmeza. De pronto algo se rompió en su interior, casi pudo oír el chasquido. Sintió dolor y un gran alivio a la vez y por un momento estuvo a punto de perderse en el vacío de su mente. Algo lo sacó de su mundo y lo llevó de regreso al Paraíso.
Cuando abrió los ojos lo primero que vio fueron todos sus rojos cabellos colgando de la mano del ángel y esparcidos por el suelo. Su cuerpo estaba entumecido pero con un poco de esfuerzo tocó su cabeza y pudo notar que no le quedaba un solo cabello, todos habían sido arrancados de raíz.
—Qué... habéis hecho...—preguntó pasmado, adelantando su mano a donde se encontraban sus cabellos.
—Ahora empieza lo verdaderamente difícil, tendrás que conseguir que tu pelo crezca de nuevo. Normalmente lo podrías conseguir fácilmente con el tiempo, pero me parece que tienes prisa por lo que tendrás que encontrar una manera de estimular tus poderes—explicó el ángel, de muy mal humor por haber hecho aquello.
—Estimular... mis poderes ¿huh?... Eso es muy fácil...—se levantó dificultosamente y miró sonriente al ángel.
Con un rápido movimiento que creyó no poder realizar en aquel lugar, se abalanzó sobre él e introdujo la mano en su pecho como si se tratara de un cuchillo.
—Bas- tardo... demo- ni- ...—el corazón del ángel fue arrancado de su pecho con suma facilidad y cayó al suelo muerto mientras aún veía cómo el músculo latía en la mano de Hageshii.
—Estaba deseando hacer esto. Ahora me encuentro mucho mejor y estoy seguro de que va a estimular mucho mis poderes—su cuerpo ya no temblaba y tampoco jadeaba, aquel lugar le seguía resultando horrible y le hacía sentir fatal pero ahora podía controlarse.
Miró a otro de los ángeles que estaba pasmado observando el cadáver de su compañero y sonrió todavía más. Aplastó en su mano el corazón que lo manchaba de sangre azulada y se lanzó sobre el ángel sin que este pudiera ver sus movimientos. Con su sangre envenenada creó un filo en su mano, convirtiéndola en una espada que atravesó el pecho de la gárgola, que no murió al instante.
—Nos... venga- remos... arg- —el demonio movió su brazo, cortando por la mitad el cuerpo del ángel, que empapó con su sangre la roja tierra.
—Adelante, intentadlo, os estaré esperando—aquellos seres no le habían hecho nada pero sin embargo sentía un profundo desagrado hacia ellos y desde el principio solo había deseado destruirlos.
Se volvió a los otros tres que se habían juntado y puesto en posición de lucha, con sus garras listas para despedazar la carne del demonio, pero ni uno de ellos pudo rozar un solo milímetro de ella. Al primero de ellos y el más idiota por lanzarse sobre Hageshii, le cortó la cabeza de un tajo y la gárgola no supo que lo había hecho hasta que dio un par de pasos y su cabeza cayó rodando frente a él. A los otros dos les lanzó sus envenenadas agujas, que les hicieron retorcerse de dolor mientras sus entrañas ardían. Estaba cansado ya de su debilidad, no merecían que se manchara las manos con su azulada sangre.
—Parece que ya está saliendo—le dijo Hades que no había dejado de observar todo el espectáculo con una sonrisa perversa en el rostro.
Rápidamente Hageshii se llevó una mano a la cabeza y pudo palpar como la punta de sus cabellos comenzaba a aparecer.
—Mi pelo... mi precioso pelo rojo... —suspiró aliviado.
—Um... me temo que no es rojo—comentó el Dios sin saber cómo se lo tomaría.
—¿Eh? ¿Qué quieres decir con que no es rojo? ¡¿De qué color es?!—gritó el demonio agarrándole por el cuello de la túnica.
—Blanco... totalmente blanco. Igual que el de tu madre—respondió observando los pequeños pelillos que comenzaban a poblar la cabeza de su sobrino.
—Blan... cos... —Hageshii agachó la cabeza deprimido y chasqueó la lengua—voy a parecer un viejo... con lo que le gustaba a Konome mi pelo rojo...
—Eah, eah, tal vez cambie de color... aunque lo dudo—esto último lo dijo lo suficientemente bajo como para que no le oyera y así no entristecerle más.

Continuará...

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