Relación Conveniente


Título: Relación Conveniente
Fandom: Hetalia     Personajes: América, China, Inglaterra, Rusia (sabréis las parejas cuando leáis)
Autor: KiraH69
Género: Yaoi
Clasificación: +13 años   Advertencias: Soft Lemon
Capítulos: One-shot
Resumen: La relación con sus respectivos amores es algo imposible por lo que ahogan el profundo dolor en el cuerpo del otro. Todo va relativamente bien, pero al ser descubiertos por la persona menos adecuada todo se viene abajo.
Nota: Es la primera vez que escribo de esta forma así que realmente no sé si gustará. Agradecería mucho que me dejarais algún comentario con vuestra opinión para saber si debo seguir escribiendo así o no.



Cada día escuchaba esas palabras de él, una y otra y otra vez.

“Te quiero.”
“Te amo.”

Una vez le pregunté porqué las repetía tantas veces.

“Si no lo hago quizás no lleguen.”

Pero estaban completamente vacías... No, quizás esa no es la descripción adecuada. Esas palabras no me pertenecían, aunque me las dijera a la cara no iban dirigidas a mí. Por eso me sonaban huecas; un actor interpretando su papel.

Sin embargo, aunque yo las aceptaba, no podía responder como deseaba.

“Gracias.”

Era lo único capaz de decir.

Por mucho que intentaba responder del mismo modo era simplemente incapaz de hacerlo, las palabras se atoraban en mi garganta formando un irrompible nudo. Él jamás se quejaba por ello, lo entendía muy bien.

Pero ambos estábamos bien con ello, quizás porque no escuchar nada sería todavía más doloroso, demasiado doloroso. No es un problema estar solo, antes jamás me había importado, ni siquiera pensaba en ello; pero la soledad absoluta con un corazón lleno de amor no correspondido sería algo insoportable. Éramos una compañía conveniente, debería decir.

Nuestra relación ya sería mal vista por muchos, por el simple hecho de que ambos somos hombres. Pero era sencillamente imposible poder cumplir nuestros respectivos deseos. Aquellos a quienes amábamos eran inalcanzables para nosotros.

“Hoy le he vuelto a ver.”

Es lo que me dice cada vez que regresa a casa después de haberse encontrado con él. No necesito nada más para saber qué debo hacer.

Nuestros cuerpos son compatibles, aunque estemos pensando en otra persona mientras tenemos sexo. Primero un beso para encendernos. Siempre me pregunto si sus labios sabrán igual. ¿Serán tan finos? ¿Serán tan cálidos? No, probablemente serán fríos como la nieve, unos labios que jamás me aceptarían. Apagamos la luz, no necesitamos ver el rostro del otro- No, no queremos verlo. Nuestras manos recorren el cuerpo del otro, en busca de un falso cariño, de un consuelo que no puede ser nunca suficiente.

Querría decir que “hacemos el amor”, pero en realidad no es más que una forma de desahogar nuestra frustración. Un momento en el que podemos imaginar que es otra persona la que nos da su calor.

“Inglaterra...”

Su voz lo llama constantemente, agitada, excitada y pesarosa. La habitación se llena con ese nombre. No me molesta porque tampoco quiero que llame mi nombre, eso sería incluso molesto. En mi cabeza es otra persona la que penetra y desgarra mi interior. Pero no tengo muy buena imaginación. ¿Sería demasiado grotesco ponerle una máscara con su rostro? No puedo pedirle eso si yo me negué a cortarme el pelo.

Cuando llegamos al éxtasis mi pecho duele, quizás el suyo también. Siento que traiciono una vez más a mi persona amada. Me siento sucio, lleno de pecado. A veces me altero tanto que comienzo a frotar mi cuerpo, sintiéndome cubierto de basura. No logro calmarme hasta que paso un par de horas bajo el agua, frotando vigorosamente cada rincón de mi cuerpo. Mi piel se irrita y he llegado a sangrar. Cuando salgo del baño siempre me está esperando con rostro de preocupación.

“¿Deberíamos detenernos?”
“No quiero herirte más.”

Me dice con una lastimera voz. Parece un cachorro gimoteando con las orejas caídas. ¿Cómo podría abandonarlo?

“Está bien, no debes preocuparte por eso.”
“Sería más doloroso si no tuviera a América.”

Yo no soy el único que sale herido, ambos compartimos el mismo profundo dolor. Quién sabe dónde estaría si me hubiera quedado solo todos aquellos días en los que veía su rostro de cerca y ni siquiera podía hablarle. Tal vez ni siquiera estuviera en este mundo ya si sus brazos no me consolaran durante toda la noche hasta el amanecer.

¿Por qué son tan intensos estos sentimientos? La gente se enamora y se desenamora cada día y no siente que su alma se hace añicos a cada segundo. ¿Por qué debe durar tanto un amor no correspondido? Un año tras otro, una década tras otra pasa y este sentimiento sigue tan profundo clavado en mi interior. Antes podían pasar meses hasta que me encontrara con él y durante ese tiempo conseguía sentirme más calmado, sin embargo se vuelve más terrible al tener que verlo tan seguido.

“Mañana hay otra reunión.”

Le digo cuando los nervios comienzan a carcomerme en la víspera de un encuentro. En ese momento se encarga de llenar mi cabeza de tal modo que no pueda pensar en nada más. Tenemos sexo duro, de forma salvaje, sadomasoquismo sería una descripción mejor. Mi cuerpo es atado, fustigado y humillado hasta que mi conciencia se siente flotar. No me gusta el dolor físico pero es el único modo que no incluye drogas con el que puedo librarme de todos los agobiantes pensamientos.

A la mañana siguiente siento tantas molestias por todo mi cuerpo que el dolor en mi pecho no parece tan agudo. Y sin embargo aún, cuando le veo, siento que de mis ojos van a desbordarse un millar de lágrimas.

Aquel día fue especialmente doloroso para América. El tema principal de la reunión fueron las relaciones comerciales entre Inglaterra y los países africanos. Como siempre, América trató llamar la atención de todos a su manera, aunque yo sabía que en verdad solo quería ser mirado por una persona. Y aunque ofreció apoyo y ayuda al rubio inglés de pobladas cejas, fue crudamente rechazado, con una gran expresión de desprecio. Supe enseguida, a pesar de que no se mostraba en su rostro, que aquella esmeralda mirada de repulsión se había clavado como un puñal oxidado en lo más profundo de sus bienintencionados sentimientos.

Siempre había una sonrisa en su rostro, pasara lo que pasara, no comprendía cómo podía conseguir aquello. En comparación a él, mi mal humor era bien conocido. Pero ese rostro no permanecía del mismo modo conmigo. Solo era cuando estaba conmigo que mostraba sus verdaderos sentimientos.

“China... no puedo...”

Cuando su voz me hablaba de ese modo, a punto de quebrarse, deseaba poder sanar aquel dolor, pero tan solo podía aliviarlo usando mi cuerpo.

Aquel día ni siquiera hubo tiempo de regresar a casa, estuvo a punto de derrumbarse nada más salir de la sala de reunión. Usamos el primer lugar que encontramos, un despacho apenas dos puertas más allá.

Mi ropa desapareció en unos segundos, me pregunté si alguna prenda había quedado entera. Cerramos la puerta con el pestillo y tuvimos sexo en la mesa de aquella sala sin molestarnos siquiera en saber de quién era. Los papeles y demás objetos sobre el escritorio acabaron esparcidos sobre el suelo junto a mis ropas. Fue doloroso, mi cuerpo estaba muy resentido por la noche anterior, pero no hubo una sola queja de mi parte. Recibí el sufrimiento de América igual que él recibía el mío siempre que lo necesitaba. Controlé mi voz todo cuanto pude, pero supongo que no fue suficiente.

“¿Qué es ese ruido?”

“¿Están golpeando a alguien?”

Apenas escuché unas voces fuera, amortiguadas por el sonido de las embestidas. Él probablemente no las escuchó, su mente estaría demasiado abarrotada de sentimientos. Yo tampoco pude decirle que se detuviera, confiado de que nadie podría entrar con la puerta asegurada. Pero fue un error pensar eso.

Por un momento, antes de que todo sucediera, me pregunté de quién podía ser ese despacho. Enfoqué la mirada y distinguí entre los papeles el sello de Inglaterra. Me aterré, quise avisarle, quise parar pero fue demasiado tarde.

Se escuchó un sonido metálico, una llave en una cerradura, y la puerta del despacho se abrió iluminando la estancia con un haz de luz amarillenta, justo a nuestras espaldas. La sombra de América cayó alargada sobre mí.

“¿Q-qué es... esto...?”

Fue solo cuando escuchó esas palabras que detuvo sus estocadas. Vi de reojo su rostro conmocionado, sus ojos azules muy abiertos mirando vacíos en mi dirección pero sin verme, su labio inferior temblando y su respiración paralizada. Lentamente se giró y sentí sus dedos en mis caderas clavarse más profundamente cuando sus ojos se cruzaron con los de Inglaterra, cuya expresión no sabía si definir como aterrada, estupefacta, conmocionada o quizás de desprecio absoluto. Aquel tipo de extrañas cejas se llevó una mano a la boca por asombro o por náuseas tal vez, cerró fuertemente los ojos y salió corriendo dejando la puerta abierta.

No diré que imaginaba lo que América sentía en aquel momento porque estoy seguro de que no podría. Pero sí supe que aquello destrozó el último frágil hilo que lo sujetaba a la cordura, que le permitía levantarse cada día. No le importaba ser ignorado por esa persona, no le importaba que su amor no fuera correspondido, pero ser odiado, ser despreciado por la persona que tanto amaba era algo insoportable.

América se quebró en aquel mismo instante. Juraría que incluso pude escuchar el sonido de su alma al romperse. Salió de mi interior tambaleándose y cayó de rodillas. No lloraba, no salía un solo sonido de su boca, tan solo estaba allí tembloroso, con la mirada perdida en el vacío. Aun mirándolo resultaba difícil sentir su presencia, como si fuera un recipiente vacío.

Me arrodillé a su lado sin molestarme en vestirme y le acerqué hacia mí, dejando que apoyara su cabeza en mi pecho. Lo sentía como si fuera apenas un muñeco sin vida, no se movía por su propia voluntad, incluso se había quedado frío.

Me fijé en ese momento que en la puerta del despacho se encontraba Austria. Era quien estaba hablando con Inglaterra antes de entrar y allí seguía, mirándonos con rostro severo, probablemente juzgándonos. Pero en aquel momento me daba igual, solo pensaba en si sería capaz de recuperar el equilibrio perdido y sanar el corazón de América. Aunque sabía que sería como intentar unir una falla con una tirita.

Cerré los ojos. Quería retroceder en el tiempo, no cometer aquel imprudente error. Si le hubiera detenido, si le hubiera obligado a esperar a salir de allí o si me hubiera fijado antes en de quién era el despacho, quizás todo aquello no hubiera ocurrido. Era probablemente culpa mía. Escuché pasos alejarse y otros acercarse al despacho pero no me molesté en mirar quién era. Importaba ya bien poco.

La noticia se extendió más rápido que el fuego en un almacén de pólvora. Algunos lo tomaron solo como un rumor sin fundamento, pero cada vez eran más los que creían en ello. Escuchaba murmullos a cada paso que daba, a veces no muy disimuladamente.

“Por suerte América no está aquí.”

Pensaba mientras oía todo tipo de barbaridades a mis espaldas. Y es que no solo se escuchaba sobre nuestra relación sexual, también se hablaba sobre las múltiples marcas de ataduras y azotes que recorrían mi cuerpo en aquel momento. Eso lo había empeorado todo aún más. Cosas como “degenerados” o “pervertidos” era incluso amable comparado a otras cosas que nos llamaban.

Y como siempre aquella persona seguía indiferente a todo.

Tal vez en otro momento me habría avergonzado o me habría puesto furioso, pero en aquel momento solo tenía en mi cabeza a América, al cual había dejado en su casa igual de inerte que al principio. Seguía en shock, no sabía si estaba traumatizado de por vida.

En cuanto a Inglaterra, al día siguiente no había aparecido, sin embargo sí lo hizo al siguiente. No me miró un solo segundo a la cara, mi ignoró por completo como si no existiera. Tampoco le escuché una sola palabra sobre lo sucedido, para él tampoco debía haber sido agradable.

Pero eso no podía seguir así, pasaban ya días y semanas, y América seguía en el mismo estado de letargo. Tenía que hacer algo y con urgencia. Con aquella situación yo sufría casi tanto como él. No era por amor, quizás sí algo de cariño, pero más bien había perdido mi salvavidas y necesitaba recuperarlo o al menos compensarle por todo lo que había hecho por mí.

Justo después de una reunión, cuando ya todos habían regresado a sus quehaceres, entré sin siquiera pedir permiso en el despacho de Inglaterra y cerré la puerta tras de mí para no ser molestado. La mesa había sido cambiada por otra, ya ni siquiera estaba en el mismo lugar.

“¿Qué haces aquí?”

Me preguntó con mala cara.

“Tengo que hablar contigo.”

“No quiero escuchar nada, no quiero saber nada.”
“Márchate.”

Parecía ponerse realmente nervioso, ni siquiera era capaz de mirarme a los ojos.

“No puedo hacer eso.”
“Tengo que aclarar lo que sucedió”

Me acerqué quedándome en pie al otro lado del escritorio.

“Lo que pasó está bastante claro, lo vi con mis propios ojos.”
“No necesitas aclarar nada.”

Estaba totalmente a la defensiva, me preguntaba si escucharía mis palabras aunque le gritara al oído.

“América no está enamorado de mí.”

Pensé que sería mejor ir al grano.

“¿Así que es solo por vicio?”
“Eso es mucho peor.”

“Te equivocas.”
“Es la única forma que tenemos ambos para aliviar nuestro dolor.”

Todavía estaba a tiempo, ¿por qué no me callaba? Cierra la boca, cierra la boca. Una vez que lo dijera todo podía venirse abajo.

“¿Qué clase de dolor podría aliviarse con... eso?”

Me preguntó asqueado, probablemente recordando lo que había visto.

“Un amor no correspondido.”

“Claro, como si el mocoso pudiera tener esa clase de sentimientos profundos.”

Gruñó molesto.

“Nos utilizamos mutuamente para calmar el sufrimiento de nuestros corazones.”
“Sin embargo, desde que la persona que ama descubrió este vergonzoso secreto nuestro... su mundo se ha venido abajo.”
“Antes no le importaba si le miraba mal o si le insultaba, incluso se sentía bien cuando se metía con él y discutían porque por un momento eran más cercanos.”
“Pero su odio... aquella mirada de desprecio... es incapaz de soportarlo.”
“Ya ni siquiera yo soy suficiente para que reaccione y vuelva al menos a parecer vivo.”

Durante un momento se quedó en silencio, probablemente sorprendido.

“Es... es su culpa... por hacerlo en el despacho de otro.”
“Era evidente que os descubrirían.”

Sus manos arrugaron los papeles que sostenía. Me preguntaba qué clase de sentimientos tendría en aquel momento. Su rostro estaba gacho y no podía ver su expresión.

“No habría importado si hubiera sido cualquier otro.”
“Pero fuiste tú.”

Pude ver cómo todo su cuerpo se sacudía.

“¿Y... y eso qué...?”

“No importa si volvéis a la misma reñida relación, está bien si regresamos a la antigua rutina, puede soportarlo.”
“Pero perdónale por favor.”

“Vaya, nunca esperé ver a China suplicar de ese modo.”

El rubio rió nerviosamente. Centró su atención en papeles que probablemente carecían de importancia, como si nada pasara.

“No puedo reconocerte hablando de este modo.”

“Basta.”
“No intentes desviar el tema.”
“Perdónale.”
“Hazlo, aunque sea mentira, América lo necesita o seguirá siendo un muñeco sin vida.”

“Suficiente, márchate.”

“Inglaterra-”

“¡Fuera!”

Me gritó casi fuera de sí. En aquel momento era imposible seguir hablando con él. Quizás lo intentara en otra ocasión. Pero sería lógico que no funcionara, al fin y al cabo jamás podrían llevarse bien en circunstancias normales, mucho menos en una situación como aquella.

Jamás llegué a entender cuáles fueron las causas que les llevaron a aquella enemistad, nunca supe porqué Inglaterra se empeñaba en llevarse tan mal con América. Nunca me lo explicó, claro que yo tampoco insistí. Supongo que sus razones tendrían.

Yo también comenzaba a llegar a mi límite. En esos días nos reuníamos con mayor frecuencia, lo que significaba que le veía muy a menudo. Cada día estaba más nervioso, más alterado, mis salidas de tono eran más frecuentes y América no estaba allí para tranquilizarme. No encontraba forma de hacerlo por mí mismo.

Ya pensaba en qué debía hacer para convencer a Inglaterra. Las cosas no podían continuar como estaban. Y sin embargo me sorprendí al descubrirle un día frente a la puerta de la casa de América. Era un día bastante triste, el cielo estaba encapotado y había estado chispeando hora sí y hora no hasta la noche. Y allí estaba él, con el abrigo y el pelo mojado, sin embargo ya llevaba casi media hora sin llover. Su rostro estaba sombrío, no podía ver sus ojos ocultos por el flequillo. Me acerqué a él y me quedé unos pasos a su espalda.

“¿No vas a entrar?”

Le pregunté sobresaltándolo. Miró a todas partes asustado y balbuceó unas cuantas veces hasta que consiguió hablar.

“Yo solo... venía...”
“Ha faltado a muchas reuniones.”

“No abrirá la puerta aunque llames, no sale de su cama.”

Me acerqué a la puerta y saqué mi propia copia de la llave. Empujé la puerta para que estuviera abierta de par en par. Pero no entré, simplemente lo dejé así y me marché. Esperando que Inglaterra hiciera lo correcto.

Ignoro lo que sucedió aquella noche y jamás pregunté por ello ya que no es de mi incumbencia. Pero supe dos días después, en una nueva reunión, que todo había ido bien. América entró con su despampanante sonrisa y su animada voz apabullando a todo el mundo.

Pero las cosas no habían vuelto a ser como eran antes, me di cuenta de ello al ver el rostro de Inglaterra sonrojarse siendo simplemente tocado en el hombro por América. Algo íntimo había pasado entre ellos, estaba claro.

Me alegré mucho por él, por ambos, realmente lo hice, pero sentí unas terribles ganas de llorar. ¿Quién podría aliviarme ahora? ¿Con quién compartiría este dolor?

“China, yo...”

América se acercó a mí al terminar la reunión. Le noté muy feliz pero también estaba preocupado por mí.

“Enhorabuena, lo has conseguido.”
“Espero que puedas ser muy feliz durante mucho tiempo con él.”

Le dije sonriente, conteniendo el dolor en mi pecho y el nudo en mi garganta.

“¡Muchas gracias China!”

Me dio un fuerte abrazo y en cuanto Inglaterra salió de la sala se fue corriendo tras él. Me pareció lindo el modo en que el más bajo trataba de disimular poniendo mala cara y gruñendo pero se le olvidaba apartarse de América como solía hacer. Sentí tanta envidia...

Estaba a punto de hundirme. Definitivamente había perdido al único que me sostenía en pie. Solo de nuevo con el profundo dolor desgarrándome las entrañas. Me preguntaba cómo pasaría ahora las noches, cómo haría para ir a las reuniones sin temblar de pies a cabeza o sin echarme a llorar.

De pronto entré en pánico, fui consciente de todo ello y sentí un gran peso sobre mí. El mundo se me venía abajo. Salí corriendo de allí, ignorando todo a mi alrededor, y me encerré en la primera sala vacía que encontré.

Todo mi cuerpo estaba agitado, las lágrimas comenzaron a salir sin freno y mi cabeza dolía terriblemente. Me estaba ahogando, me faltaba el aire. Quería perder el conocimiento de una maldita vez.

Y entonces sentí unos brazos rodeándome. No vi nada, estaba oscuro, pero alguien estaba allí conmigo. Enterró mi rostro en su pecho entre sus ropas y me abrazó fuertemente. Solo pude escuchar el rítmico y algo acelerado sonido de su corazón y por alguna razón eso me fue calmando poco, muy poco a poco. El sube y baja de su pecho al respirar me acunaba y me relajaba. Su aliento entre mis cabellos también era agradable.

No sé cuánto tiempo duró aquello pero por un momento conseguí olvidarlo todo. Me sentí aliviado y tranquilo, hasta el punto de dormirme. Quizás habían sido los nervios o la extrema agitación de esos días, pero dormí profundamente no sé por cuánto.

Al despertar estaba de nuevo solo, tumbado en el sofá de mi despacho. Me preguntaba si quizás no había sido más que un sueño. Ya era de día o más bien estaba amaneciendo. En unas horas habría otra reunión así que simplemente esperé allí haciéndome un té. No quería pensar en nada en aquel momento, simplemente esperé a que todos llegaran.

“No puedes llamarte hombre si haces algo como eso.”

“No deberías hablar de lo que no sabes.”

Comencé a escuchar unas voces cerca de mi despacho. Me acerqué a la puerta y escuché curioso.

“Sé lo que he visto.”
“¿Cómo puedes hacerle daño de ese modo?”

“No sabes... no sabes nada.”

Esa sin duda era la voz de América y la otra no podía reconocerla bien. Ambos estaban muy alterados.

“Hasta hace unos días estabas haciéndolo con él en este mismo edificio y ahora le dejas de lado por Inglaterra.”

No conseguía escuchar toda la conversación, apenas frases sueltas.

“No puedes entender el tipo de relación que teníamos.”

“Puedo ver el dolor que siente China.”

“¡Entonces consuélale!”

Escuché los apresurados pasos de América alejarse. Todo se quedó en silencio, no sabía si la otra persona también se había ido. No salí hasta la hora de la reunión. Me encontré con América que parecía buscarme con la mirada bastante preocupado. Intenté hablar con él pero Italia y Alemania se me adelantaron. Simplemente le dediqué una sonrisa para que viera que todo estaba bien.

“No tienes que sonreír”

Me sobresalté. Rusia apareció de pronto a mi espalda, tan sigiloso como siempre.

“Qué quieres... decir...”

“Si estás triste no tienes que sonreír.”

“No, te equivocas, no estoy triste.”

Nunca me había costado tanto mostrar una falsa sonrisa. Sentía doler mis mejillas. Era incapaz de mirarle a la cara, no quería saber qué clase de expresión tenía.

“Si la persona que amas se va con otro es normal que estés triste.”
“No tienes que disimularlo.”

“Yo... yo no...”

Error, error. No quería escuchar esas palabras de él. Se equivocaba completamente.

“Se lo haré pagar.”
“Le castigaré por todo el daño que te causa.”

“No, espera, no es así.”
“No estoy enamorado de América.”

“¿Por qué ibas a dejar que te hiciera ese tipo de cosas si no estás enamorado?”
“Todas esas marcas... ¿por qué harías eso sino?”

“Ah... Yo... no puedo explicarlo.”

¿Lo había visto? Me había visto en el despacho, con todas las marcas recubriendo mi cuerpo. No podía creerlo. ¿Por qué precisamente él?

“¿Te forzó?”
“Ataduras y golpes... si lo hizo a la fuerza...”

“¡No!”
“Basta por favor, él no ha hecho nada malo... yo se lo pedí.”
“Lo... necesitaba...”

¿Qué estaba diciendo? ¿Por qué le confesaba algo como eso? Iba a verme como un sucio degenerado. No quería que él me mirara con repulsión.

“Lo necesitas.”
“Entiendo.”
“Pero él ya no lo hará más contigo, ahora tiene a Inglaterra.”

“Lo sé...”
“Y yo... estoy feliz por él.”

“Entonces deja que tome su lugar.”

¿Qué? No podía ser, había escuchado mal. ¿Qué quería decir aquello? ¿Estaba soñando, en una pesadilla? ¿Era una alucinación? ¿Estaba quizás causado por tantos días de malos sueños y escasas comidas? Estaba a punto de desmayarme, mi mente estaba en blanco o veía todo negro. No lo sé. Me sentía en medio de un remolino.

“Es-... está... bien.”

Las palabras salieron de mi boca tan audibles como un suspiro y apenas fui consciente de ellas. Ni siquiera sé porqué contesté así. Mi mente estaba colapsada y mi cuerpo completamente paralizado. No sabía si iba a vomitar o a desmayarme.

“Después de la reunión iré a tu casa.”

Me dijo y se marchó. Me preguntaba con qué tipo de expresión me habría mirado. ¿Qué clase de opinión tendría sobre mí ahora? Pero... un momento... ¿Habíamos quedado? ¿Era aquello una especie de cita? No podía ser, no con él.

Desde ese momento en adelante las voces de mis compañeros a mi alrededor se volvieron apenas un pitido molesto. Mi mente se cerró a cualquier estímulo del exterior. Solo daba vueltas una y otra vez en mi cabeza a aquella extraña situación. Y lo que más me confundía era por qué se me había acercado. Nunca lo hacía, ni siquiera me hablaba. Sin embargo ahora me hacía un ofrecimiento como ese. ¿En qué estaba pensando? ¿Cuáles eran sus verdaderas intenciones?

Estaba aterrado.

La reunión terminó y no me pude mover de la silla. Estaba petrificado. Tenía miedo de volver a casa. No, tenía miedo de que él no apareciera. Todos habían salido, había un silencio absoluto y yo seguía allí.

“No sirve de nada que vaya a tu casa si no estás allí.”

Me sacudí al escuchar su voz. No me moví de la silla, no levanté la cabeza, no le miré.

“Por mí está bien si lo hacemos aquí, pero no sé si será cómodo para ti.”

“No importa.”

¿Qué estaba diciendo? ¿Había hablado yo?

“Entonces bien.”

Se acercó a mí rodeando la mesa. Apartó mi silla conmigo encima, se puso frente a mí y se inclinó hasta que su boca estuvo a la altura de mi oído.

“Sé que no será lo mismo pero espero estar a la altura.”

Aquel susurro erizó cada cabello de mi cuerpo, su aliento en mi oreja me hizo suspirar. Sus dedos desenguantados se deslizaron por mi cuello y desabrocharon mi túnica roja.

No podía creer aquello. ¿De verdad estaba pasando?

Besó tiernamente mi mejilla y sus labios no se apartaron de mí. Bajaron lentamente por mi piel. Sentía la punta de su lengua acariciarme. Sus manos se deshacían de mi ropa, dejando todo mi pecho al descubierto. Su boca llegó hasta la clavícula y allí me mordió suavemente. Un agudo gemido salió de mi garganta.

Tanto calor... estaba tan excitado... ¿Cómo podía con solo unos besos? La temperatura de mi cuerpo aumentaba por segundos. Y la suya... ¿Sus manos eran tan calientes? Nunca lo habría imaginado. ¿Pero por qué aun así no se sentía bien? ¿Por qué mi pecho dolía?

“¡No!”
“¡Para!”
“No puedo seguir... contigo... así...”

Le agarré del abrigo y le aparté con la poca fuerza que tenía. Las lágrimas comenzaron a caer. Cerré los ojos fuertemente, deseaba que aquello no estuviera pasando... no de aquel modo.

“Así que conmigo no es bueno.”

“No... no de este modo tan frío.”

¿Cómo podía hacer que lo entendiera si ni siquiera yo lo hacía?

“Pero estaba bien con América.”
“¿O es que a él le amabas?”

“¡No, ya te he dicho que no!”
“Con él no importaba cómo fuera porque no había ningún sentimiento profundo, pero contigo... no puedo...”
“Es doloroso de este modo.”

Fue tan baja mi voz al decir aquellas palabras que no sabía si lo había escuchado. Sus dedos sujetaron mi barbilla y alzó mi cabeza, haciendo que le mirara a los ojos. Aquellos ojos tan fríos, tan distantes, tan duros... ahora parecían diferentes de algún modo.

“Dilo, dilo claramente o no podré entenderte.”

No, no, seguro que lo había entendido. ¿Por qué tenía que decir algo tan triste y doloroso?

“Yo... yo te... a...”

Las palabras no querían salir de mi boca. No podía decirlo después de todo ese tiempo guardándolo solo para mí.

“Dilo.”
“Quiero oírlo.”

Aquello fue casi una orden pero no me desagradó. Su rostro cada vez más cerca, apenas a unos centímetros del mío, me estaba alterando incluso más que sus caricias.

“Te... amo...”

Mi aliento se mezcló con el suyo. Sus labios se unieron a los míos por primera vez. El dolor en mi pecho se volvió imperceptible. Algo mucho más grande abrumaba mi corazón.

“R-rusia...”

Jadeé tembloroso cuando al fin nuestras bocas se separaron. Estaba en una nube sin saber si era real o simplemente otro de mis sueños imposibles.

“Definitivamente este no es un buen lugar.”

“¿Huh?”

Estaba aturdido. No entendí porqué Rusia me cogió de la mano y me arrastró con él. Sus pasos eran acelerados, muy apresurados, casi corríamos. ¿A qué venía la prisa? Sin una sola palabra más recorrimos todo el camino hasta una gran habitación con cama de matrimonio en un lujoso hotel.

Fascinado por aquel increíble lugar, me sobresalté al sentir las manos de Rusia sobre mis caderas. Abrazándome desde atrás con su amplio pecho, mis piernas flojearon y creí caer de rodillas. Sus labios me besaron dulcemente en la mejilla y en mi oreja.

“¿Puedo tomarte ahora?”

Me preguntó con un susurro y suspiré con un escalofrío recorriéndome todo el cuerpo.

“S-sí...”
“Hazlo... por favor...”

Ya no me importaba si aquello era un sueño o no. Disfrutaría de ello cuanto pudiera.

Con suma dulzura sus manos acariciaron mi piel, sus labios recorrieron mi cuerpo sin dejar un solo palmo sin besar. Sentí su aliento como ligera brisa, erizando cada vello de mi cuerpo. El calor de nuestros cuerpos aumentaba a cada segundo, los sonidos que descontrolados salían de mi boca llenaban la habitación y las sábanas se empapaban con nuestras esencias. Sin ropas de por medio nos entrelazábamos y fundíamos como la ardiente lava. Jamás habría pensado que aquel frío hombre pudiera derretirme de tal modo.

Repetí su nombre como un eco, una y otra y otra vez, con una voz anhelante y más que vergonzosa.

Me quedé dormido sin darme cuenta y al despertar, durante un instante, entré en pánico. Creí que todo había sido solo una de tantas fantasías inalcanzables. Pero sus manos rodearon mi cintura y apretaron contra él en un tierno abrazo. Me calmé al instante, al tiempo que los latidos de mi corazón se aceleraban por su presencia. Estaba allí, de verdad estaba conmigo en aquella cama, sentía su aliento en mi nuca. Rusia me abrazaba y no volvería a soltarme nunca.

FIN

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