El Agradecimiento del Conde [cap.1]


Título: El Agradecimiento del Conde
Fandom: Kuroshitsuji
Pareja: Sebastian ♥ Ciel ♥ Olivier (original)
Autor: KiraH69
Género: Yaoi
Clasificación: +18
Advertencias: Lemon, Sadomasoquismo
Capítulos: 3 (1 de 3)
Resumen: En la noche de las calles de Londres dos seres pelean y por su culpa Ciel está a punto de ser aplastado por unas vigas, pero un joven que regresaba a su casa le salva la vida a cambio solo de romperse un brazo, al menos en apariencia. El conde agradecido le ofrece recuperarse en su mansión, pero el joven se niega.

Los barrios bajos de Londres estaban agitados. Algo se movía por los tejados y los callejones. Cristales rompiéndose y paredes de piedra haciéndose pedazos. Protegidos por la noche de miradas indiscretas, unos seres luchaban entre las sombras. La luz de la luna era tragada por las nubes que cubrían el cielo. El aliento de un niño humeaba en el frío ambiente. Junto a una casa a medio construir observaba lo poco que era capaz de ver. Nadie se habría fijado en él, sus ropas harapientas lo hacían uno más de aquel lugar.
Por aquellas calles malolientes caminaba otro joven. Regresaba ya a casa tras haber trabajado desde el amanecer. Sus ropas eran viejas y le quedaban grandes. Parecían sacadas de la basura. Sus cabellos rizados eran naranjas muy claros y se enredaban en su cabeza totalmente desordenados. Tenía una pequeña coleta en la nuca, lisa. Sus ojos esmeralda de largas pestañas miraban al suelo, a sus pies. Las pecas recubrían todo su rostro y bajo su ojo izquierdo había una fina cicatriz. Era extremadamente delgado y medía algo menos de metro setenta. Escuchaba los estruendosos ruidos de aquella pelea, pero en aquel lugar era mejor ignorarlo. Para sobrevivir en aquel lugar lo primordial era no meterse en los asuntos de otros. Sin embargo no pudo ignorar lo que sucedió a continuación.
La esquina del tejado de una casa estalló y las piedras saltaron por los aires. Golpearon las vigas de madera de la casa contigua, la casa en obras, y las rompieron por la mitad.
Sus piernas se movieron solas. Saltó sobre el joven e inmediatamente las vigas cayeron sobre su espalda, aplastándolo.
“Pe-pero qué...” El pequeño aturdido tardó un momento en darse cuenta de lo que había pasado.
“¡Bocchan!” Un hombre vestido de negro se acercó apresurado a ellos.
Apartó las vigas lanzándolas al otro lado de la calle. Separó al joven inconsciente y cogió en brazos al pequeño.
“Bocchan, lo-”
“Bájame.” Le ordenó, saltando de sus brazos. “Eres un incompetente. Si no llega a ser por este chico ahora mismo podría estar muerto.”
“Lo siento mucho-”
“Comprueba si está vivo.”
“Sí, Bocchan.” El hombre trajeado se agachó junto al cuerpo del muchacho y comprobó su pulso. “Parece que sigue vivo. Solo está inconsciente.”
“¿Ese shinigami degenerado ya se ha marchado?”
“Sí, Bocchan.”
“Volvamos a casa. Cógelo, él viene también.”


Se sentía realmente cómodo. Blando, suave, cálido. Se sentía tan a gusto que no quería abrir los ojos. Pero el dolor que recorrió todo su cuerpo le despertó. Un techo alto, blanco; unas paredes empapeladas en azul con motivos floridos blancos; una gran ventana con las cortinas grises echadas; adornos en plata por todas partes.
Qué lujoso...
Pensó el joven creyendo por un momento que solo era un sueño.
“¿Ya está despierto?” Una voz desde la puerta le sobresaltó.
“Ah... Sí... Disculpe, quién...”
“Mi nombre es Sebastian, soy el mayordomo de la casa Phantomhive.”
“¿Eh? ¿Casa... Phantomhive? ¡Ugh!” Al intentar incorporarse un terrible dolor recorrió su costado.
“Le aconsejo que no se levante, tiene heridas serias.” Le dijo tranquilamente mientras servía un té.
“¿Ya estás despierto?” Por la puerta de la habitación entró un joven con un elegante traje azul oscuro de alta costura.
“S-sí... Um...”
“¿Cómo te llamas?”
“Me... me llamo Olivier.”
“Yo soy el Conde Ciel Phantomhive. Estás en mi casa, puedes descansar tranquilamente.” Le dijo dándose la vuelta ya para marcharse.
“¡E-espere!” A pesar del dolor que sentía se levantó de la cama. “Lord Phantomhive, ¿por qué estoy aquí?”
“Me has salvado la vida, lo menos que puedo hacer es cuidar de ti hasta que te cures.”
Fue entonces cuando Olivier se dio cuenta de que su brazo derecho estaba escayolado y tenía una venda firmemente apretada alrededor de su pecho. Llevaba solamente puestos unos pantalones de pijama blancos.
“¿Usted? No, aquel era un chico pobre, llevaba ropa-”
“Era tan solo un disfraz. Haz el favor de tumbarte y tomar el té que ha preparado mi sirviente.”
“No puedo, le agradezco mucho que me haya curado pero tengo que regresar.” Buscó con la mirada sus ropas en la habitación pero no las encontró.
“Le has salvado la vida a un conde, deberías aceptar orgulloso la recompensa. Te quedarás aquí hasta que te recuperes por completo.”
“Le he dicho que no puedo. Tengo que regresar.”
“¿Tienes familia a la que cuidar? También puedes traerla aquí.”
“No. No lo entiende. Yo no he salvado a un conde, solo he ayudado a alguien que lo necesitaba. Rico o pobre, no aceptaré ninguna recompensa.”
Caminó a paso largo hacia la puerta de la habitación a pesar del dolor de sus piernas. Sin embargo Sebastian se interpuso en su camino. Olivier se topó con aquellos ojos rojos. El aliento no quiso salir de sus labios, se estremeció. Aquellos ojos que brillaban como rubíes eran aterradores.
“Demonio...” Murmuró Olivier.
“¿Disculpe?”
“¡Ah! Es que... sus ojos... parecen los de un demonio. Oh, no me malinterprete, no pretendo insultarle... ¡Permítame dibujarle!” Exclamó fascinado. Y entonces se dio cuenta de que su brazo derecho estaba roto. Su rostro se ensombreció y sintió ganas de llorar. “Tengo que irme.” Dijo con una susurrante voz.
“Deberías quedarte-”
“Denme mi ropa, por favor.”
Sebastian miró a Ciel y este afirmó con la cabeza. Salió de la habitación para ir a por las ropas que ya había preparado para tirar a la basura.
“Lord Phantomhive, usted no me debe nada, menos aún siendo un conde como es. De pequeño mi padre me decía que debemos sacrificarnos por la nobleza. Y así lo haría yo si fuera necesario, tanto si es por un conde como por un pobre.”


8 Días Después
Por la calle empedrada junto al Támesis resonaban los golpes rítmicos de un bastón. Un joven noble en traje azul caminaba a más de las seis de la tarde seguido por su sirviente, quien cargaba varias bolsas.
Al principio no se percató de él. Lo pasó de largo. A los pocos pasos se detuvo y se dio la vuelta. Sus pies se plantaron frente a él.
“Vaya Olivier, no creí que fuera esto a lo que te dedicabas.”
El joven pelirrojo estaba sentado en el suelo, sobre un trozo de tela roto. Tenía una pequeña caja de cartón frente a él con unas pocas monedas.
“Lord Phantomhive.” Le saludó educadamente inclinando la cabeza. “¿Ha tenido unas buenas compras?”
“Aburridas como siempre. Veo que a ti no te va muy bien.”
“Es lo que debo hacer.” Contestó tranquilamente.
“Supongo que con tu brazo en ese estado no puedes trabajar.”
“No en mi trabajo habitual, pero puedo seguir ganándome la vida.”
“Espero que lo que ganes aquí sea suficiente para sobrevivir los meses que te quedan de convalecencia. Pero si no es así, mi oferta sigue en pie.” Sin decir más Ciel se fue seguido por su mayordomo.
Unas horas más tarde, cuando ya nadie que pudiera darle dinero caminaba por la calle y solo quedaban aquellos que se lo querían quitar, Olivier regresó a su casa. Era una de las zonas más pobres de la ciudad. Sucia, maloliente. Vivía en el segundo piso de una vieja casa de madera. Cuando abrió la puerta fue recibido por un fuerte y cariñoso abrazo.
“¡Oli! ¿Hay comida?”
Una niña de poco más de un metro de altura se abrazaba a su cintura. Tenía largos cabellos ondulados y del mismo naranja claro que Olivier e igualmente sucedía con sus ojos. Tenía una piel pálida y un rostro pecoso. Era muy delgada. Un vestido marrón y roto en los bajos cubría su pequeño cuerpo. Sus finos labios rosados estaban abiertos, esperando comida.
“Aquí tienes.” Le entregó un panecillo que había comprado de camino. “Lo siento Peach, es todo lo que he conseguido.”
“¿Y tú, Oli? ¿No comes?” Le preguntó, deteniéndose antes de llevárselo a la boca.
“Tranquila, yo ya he comido mi parte.” Le respondió con una sonrisa.
Pero era mentira. Aquel día no había probado bocado. Ni el anterior. Su estómago dolía pero no podía hacer nada. A un mendigo tan joven y sin mutilaciones no le daban mucho.
Aquella casa era pequeña pero estaba limpia. Solamente una sala con una mesa baja de madera y un colchón de paja con una manta. A parte de aquello solamente tenían una vela, que poco le faltaba para acabarse.
“Hermano... tengo hambre.” Llevaba teniendo hambre mucho tiempo pero no quería decirlo porque sabía que no podía hacer nada. Hasta que ya no aguantó más.
“Lo sé. Lo sé.” Le dijo abrazándola.
En su cabeza resonaban las palabras del conde.
¿Mi orgullo vale más que la salud de mi hermana?
Pensó e inmediatamente se reprochó su estupidez.
“Peach, vístete, vamos a salir.”


Eran casi las once de la noche. Llamaron a la puerta de la mansión Phantomhive. El mayordomo de ojos rojos abrió la puerta. Observó al joven harapiento que había aparecido y a la niña que le agarraba la mano y se ocultaba tras él.
“¿Qué desea?” Preguntó el mayordomo con su falsa sonrisa.
“¿Podría ver a Lord Phantomhive?” Pidió humilde.
“Por supuesto, adelante.”
Mientras los dos pelirrojos entraban por la puerta, Ciel bajaba ya las escaleras.
“Olivier. No esperaba volver a verte, creí que te estabas ganando la vida.” Comentó cuando llegó frente a ellos.
“Si ha cambiado de parecer me iré inmediatamente.” Le dijo volviéndose ya.
“Por supuesto que no, ese brazo roto sigue siendo mi responsabilidad.”
De pronto se escuchó un gruñido. El estómago de Peach estaba pidiendo comida.
“Lord Phantomhive, ella es mi hermana Peach, la razón por la que estoy aquí.”
La pequeña salió de detrás de su hermano ruborizada. Llevaba un vestido por las rodillas, rosa pálido con unas tiras blancas en los puños de las mangas, la cintura y el cuello. También llevaba unos calcetines arrugados blancos y unos zapatitos marrones. Un lazo blanco atado sobre la cabeza apartaba los largos cabellos de su rostro. Todo era algo viejo, le quedaba ya pequeño y pronto no le valdría, pero estaba muy bien cuidado.
“Realmente os parecéis.” Susurró observando a ambos. “Sebastian, lleva a Peach a la cocina, que coma cuanto quiera.”
“Sí, Bocchan.”
Sebastian ofreció su mano a la pequeña y esta miró primero a su hermano y solo la tomó cuando afirmó con la cabeza.
“Acompáñame Olivier.” Le dijo Ciel, subiendo por las escaleras.
El pelirrojo le siguió hasta su despacho. Miraba hacia el suelo pero algo llamó su atención y sus ojos se fijaron en uno de los cuadros que había en el pasillo.
“Hum.” Rió para sí.
“¿Sucede algo?” Preguntó Ciel al escucharle.
“Oh, no. Es un hermoso cuadro.” Le dijo observando la pintura.
“Así es, El Naufragio, de Joseph Turner. ¿Has visto antes cuadros suyos?”
“No estoy seguro...”
Mientras Olivier aguantaba la risa, llegaron al despacho. En la mesa de té había dos tazas y una tetera humeante, además de una bandeja con pastas. Era como si le estuvieran esperando ya.
“Adelante, puedes tomar cuanto quieras.” Le dijo sentándose en una silla y cogiendo su taza ya servida. “Supongo que tendrás aún más hambre que tu hermana. ¿Me equivoco?”
“Se lo agradezco.” Respondió sentándose en la otra silla y sirviéndose el té.
A pesar del hambre que tenía no lo tomó con avidez y tampoco probó las pastas.
“Dime, ¿a qué te dedicas habitualmente? Me refiero al trabajo que ejercías antes de lesionarte.”
¿Se cree que soy tonto y no le entiendo?
“Soy... un artista, o algo así.”
“¿O algo así?”
“Bueno, sin dinero no se puede ser un artista así que trabajo en todo aquello que me permita relacionarme con el arte.”
“¿Como qué?”
“Principalmente ayudar a otros artistas que sí pueden permitírselo.”
“Parece un trabajo muy poco estable.”
“Lo es, pero no le hago ascos a otros trabajos si me permiten mantener a mi hermana y sobrevivir.”
“Y entre esos trabajos se incluye el de mendigo.” Dijo sin poder disimular algo de soberbia.
“Si es necesario sí, y no me avergüenzo de ello.”
“Por supuesto. ¿Cuántos años tienes, Olivier?”
“Dieciséis.”
“Un poco joven para cuidar de una niña.”
“Realmente no quiero escuchar eso precisamente de usted, joven Conde.” Contestó Olivier con una sonrisa.
Por suerte, antes de que la conversación se volviera más tensa, entró por la puerta abierta del despacho Peach. Llevaba un plato lleno de comida en las manos.
“Oli toma, tú también.” Le dijo a su hermano extendiéndole el plato.
“Muchas gracias Peach.” Contestó dándole un tierno beso en la mejilla y tomando el plato.
Sebastian llegó detrás y dejó otro plato con comida sobre la mesita.
“Insistió en traerle comida.” Se explicó a Ciel.
“Está bien, comed tranquilos y pedidle a Sebastian lo que necesitéis, después os llevará a vuestras habitaciones.”
Ciel se levantó y dejó su asiento a la pequeña. Se marchó seguido por Sebastian y se quedaron solos los dos hermanos.
“Peach, ¿qué te parece este sitio?” Le preguntó mientras se llevaba un trozo de carne a la boca. Olivier se sorprendió, aquello era lo más delicioso que había comido nunca. Claro que muchos manjares no había podido probar.
“Es increíble. Hay mucha comida, la cocina es enorme y tienen todo tipo de comida.” Contestó la pequeña totalmente entusiasmada.
“Sí... Aquí podremos comer.” Aquello era lo importante. Ya no recordaba la última vez que había saciado su hambre.
Ambos no dejaron ni rastro de comida en los platos. Sebastian sonrió al verlos, pocas veces le dejaban los platos tan limpios.
“Les acompañaré a sus dormitorios.”
Caminaron por los largos pasillos que Olivier ya había visto guiados por el mayordomo.
“Esta será su habitación, señorita.” Le dijo a Peach abriéndole la puerta. “Tras esa puerta tiene el baño y su hermano estará en la habitación de enfrente.”
La pequeña entró en la habitación y fue directa a la gran cama.
“Esta es su habitación.” Le dijo a Olivier abriendo la puerta de enfrente. “Espero que pase una buena noche. Si necesita cualquier cosa no dude en llamarme.”
“No es necesario que me trate de usted.” Dijo Olivier antes de que Sebastian se fuera. “Sé perfectamente que mi hermana y yo no pertenecemos a un lugar como este y en cuanto pueda volver a trabajar nos marcharemos. No quiero que mi hermana se haga ilusiones. Hasta entonces puede tratarme como un sirviente más, ayudaré en todo lo que pueda.”
“Las órdenes de mi amo son tratarle como a un invitado y eso haré mal que me pese.”
No lo disimulaba. A pesar de su sonrisa su voz denotaba claramente su desagrado por la presencia de aquel mendigo. Cerró la puerta tras de sí y Olivier se quedó a oscuras en la gran habitación, en la misma en que había despertado días atrás. Una leve luz atravesaba las nubes y entraba por la ventana. Olivier se quitó la ropa y se puso un pijama que encontró sobre la cama. Se metió entre las sábanas pero no pudo dormir. Y al parecer su hermana tampoco. A los pocos minutos entró a hurtadillas en su habitación. Silenciosamente se coló en su cama y se abrazó a él.
“¿No puedes dormir sola?”
“No...”
Olivier la abrazó. Era normal, aquel era un lugar extraño y Peach nunca había dormido sola. La pequeña no tardó mucho tiempo en dormirse, sin embargo Olivier no lo hizo hasta bien entrada la madrugada.


Cuando la luz del amanecer entró por la ventana Olivier despertó. Estaba acostumbrado a dormir pocas horas. Se quedó tumbado, sin moverse. La cabeza de su hermana descansaba sobre su pecho. Cuando unas horas después llamó Sebastian a la puerta, Peach se despertó.
“Bocchan ha pedido que se pongan estas ropas.” Les dijo dejándolas en una silla.
“No las necesitamos.”
“Es por la estética de la mansión. Comprendan que sería vergonzoso para él si alguien les viera con ese aspecto caminando por aquí. También podrían darse un baño antes de ponérselas.”
“Y esto es humillante para nosotros.” Respondió Olivier.
Sebastian solo sonrió y salió de la habitación.


“Hoh~ Tenéis mucho mejor aspecto ahora.” Les dijo Ciel cuando se sentaron a desayunar a la mesa con él.
Limpios y bien vestidos. Sus cabellos ahora relucían, sedosos. Sus pieles brillaban sin mancha alguna. Peach llevaba un vestido rosa con los bordes fruncidos de seda blanca, un bordado dorado en el pecho y unos volantes en la parte inferior. Olivier llevaba un traje de chaqueta negra con botones dorados y pantalones rojo burdeos con botas acordonadas altas. Ambas ropas parecían muy caras.
“Le agradezco estas ropas Lord Phantomhive, pero no eran necesarias.”
“Por supuesto que sí.” Respondió antes de que siguiera hablando. “Estás aquí como mi invitado, por salvarme la vida, por ello mientras vivas aquí-”
“Oli, ¿le salvaste la vida?” Preguntó la pequeña.
“Peach, no interrumpas a Lord Phantomhive.” Le dijo su hermano apurado.
“Está bien. Sí, Peach, tu hermano me salvó la vida.”
“Así que... por Lor... Lor Fan... ¿Por Lor Fan-Fan mi hermano está herido?”
“¡P-peach!” Olivier no sabía qué decir.
Una risilla se escapó de los labios de Sebastian, que observaba la conversación junto a su amo.
“Lor Fan-Fan...” Murmuró divertido.
“¡T-tengo trabajo! ¡Me voy!” Exclamó Ciel levantándose de la mesa.
Se sentía avergonzado además de ofendido pero no sabía como enfrentarse a una niña que además llevaba razón.
“Peach, no digas esas cosas, Lord Phantomhive nos está alimentando mientras no puedo trabajar.” Le dijo Olivier cuando se quedaron solos desayunando.
“Pero si no le hubieras salvado no estarías herido y podrías trabajar.” Se quejó ella hinchando sus mofletes.
“¿Si no le hubiera salvado sería un buen hombre? ¿Podría ser un buen hermano?” Le preguntó con una sonrisa. Le hacía feliz que su querida hermana se preocupara por él.
“Um... Supongo... que no...” Le molestaba pero sabía que su hermano era un buen hombre y salvaría a todo aquel que pudiera. Y se enorgullecía de él.
Durante aquel día no volvieron a cruzar palabra con el conde, la mayor parte del tiempo ni siquiera estuvo en la mansión. Los dos hermanos caminaron por los pasillos principales y los salones. Todo era tan lujoso y brillante que ambos se sentían abrumados. No entraban en ninguna otra habitación, no tenían el permiso de su dueño. O por lo menos eso era lo que Olivier le había dicho a su hermana.
“¡Oli! Mira lo que encontré.” Dijo la pequeña corriendo hasta su habitación cuando él salía del baño.
“Peach, te dije que no tocaras nada.”
“Ven, ven, esto es increíble.”
Peach le cogió de la mano y le arrastró por los pasillos hasta una puerta entreabierta. Era la biblioteca principal de la mansión. Un lugar enorme, con las paredes cubiertas hasta el techo de estanterías llenas de libros.
“Oh...” Olivier solo pudo suspirar impresionado.
Peach fue corriendo por la alfombra persa y se sentó en un sofá beige en el centro de la sala.
“¡Leamos un libro!” Le pidió a su hermano.
Olivier sonrió, le encantaba ver a su hermana tan entusiasmada por los libros. Recorrió las estanterías, leyendo los títulos que pasaban frente a sus ojos hasta que uno llamó su atención.
“Este estará bien.” Cogió el estrechó libro y se sentó junto a su hermana.
“El Príncipe Feliz y otros cuentos.” Leyó Peach en la tapa del libro. “No lo había oído antes.”
“Lo ha publicado este año. ¿Qué tal si empiezas tú?”
“¡Vale!” La pequeña se aclaró la garganta y comenzó a leer. “En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz...”
Mientras ella leía, Olivier la observaba sonriente y hacía las voces de los personajes.
Por el pasillo de la mansión se acercó el conde y se paró frente a la biblioteca al escuchar las voces.
“¿Sucede algo?” Le preguntó el mayordomo tras él.
“Ambos saben leer.” Dijo mientras les observaba desde la puerta sin que los hermanos se percataran de su presencia, centrados en la lectura.
“Eso parece.”
“No sabía que los mendigos supieran leer.” Murmuró. Se dio la vuelta y se dirigió a su despacho. “Sebastian, investiga a fondo a ese... artista.”
“Yes, My Lord.”


Aquella noche Olivier se metió pronto a la cama junto a su hermana y, en cuanto esta se durmió, se levantó sin hacer ruido y salió de la habitación. Se dirigió al despacho del conde, pero no necesitó llegar, se lo encontró por el camino, yendo a su dormitorio.
“¿No puedes dormir?” Le preguntó Ciel.
“Quería hablar con usted.”
“Ya me iba a dormir, podemos hablar en mi habitación.”
A Olivier no le parecía muy adecuado pero no podía contradecirle. Le acompañó a su dormitorio y se sorprendió al ver que no se diferenciaba mucho del suyo propio.
“¿Y bien, qué querías?”
“Lord Phantomhive, hoy ha sido un día muy largo. No me siento cómodo estando de brazos cruzados en esta casa. Por favor, no me trate como a un invitado, me sentiría mejor si pudiera trabajar, sirviéndole en lo que necesite como bien pueda a pesa de la lesión.”
“¿Quieres que trate como un sirviente al hombre que me salvó la vida?”
“Véalo como un favor hacia mí.”
En la penumbra de la habitación Ciel observó los brillantes ojos esmeralda. Aquel chico no podía desprenderse de su pobreza, no podía aceptar los lujos que se le ofrecían. Y si lo quería así, ¿por qué no se lo iba a conceder?
“Está bien, puedes empezar a servirme ahora mismo.”
“Como desee.”
“Sebastian está ocupado así que cámbiame tú de ropa. El camisón está en ese cajón.”
“Sí señor.”
Olivier hizo una leve inclinación, pidiendo permiso, y se acercó al conde. Con una mano apenas móvil, desabrochó la chaqueta verde de su traje y la colocó sobre una silla. Se arrodilló en el suelo, desató los zapatos marrones y se los quitó. Ciel perdió los centímetros que le daban los tacones de los zapatos. Le quitó también los calcetines negros. Ciel se apoyó en sus hombros para no caer. Olivier desabrochó los pantalones cortos verdes y se los quitó. También la ropa interior. Sin levantarse, desató el lazo azul que adornaba el cuello de la camisa. Se quedó observando la pálida figura, vestida solo con la sencilla camisa blanca.
“¿Qué sucede?” Preguntó Ciel tranquilo, con una ligera sonrisa.
“Es hermoso...” Murmuró Olivier sin poder dejar de observarle.
“¿Qué?”
“Usted es... muy hermoso. No me había dado cuenta antes con todos esos adornos ocultándolo.”
“Huh. Continúa con tu trabajo.” Le dijo orgulloso.
“Solo... solo un momento más. Necesito grabarla en mi mente.”
“¿El qué?”
“Su imagen. Para poder dibujarle cuando mi brazo se recupere.” Guardaba cada detalle, cada forma y color, en su memoria.
“No es necesario que hagas eso, cuando te recuperes dejaré que me pintes. Puedes hacerme un cuadro si lo deseas.”
“¿Lo dice en serio? ¿Me lo permitiría?”
“Por supuesto, y también puedes pintar a Sebastian si quieres.”
“¡Ah...! ¡Se lo agradezco Lord Phantomhive!” Su rostro se iluminó ilusionado.
“Bocchan.” Sebastian se asomaba por la puerta de la habitación.
“Oh, ya has regresado.”
“Sí Bocchan. Olivier, puede regresar a su dormitorio, yo terminaré de vestir a mi amo.”
“Sí, claro. Que pase buena noche Lord Phantomhive.” Hizo una inclinación y salió del dormitorio.
Sebastian cerró la puerta tras él.
“Ese chico es muy peculiar. ¿Has encontrado algo sobre él?” Preguntó mientras Sebastian le quitaba la camisa.
“Sí Bocchan, algo realmente interesante.”
“Hoh~ Así que no era mi imaginación.”

Continuará...

3 comentarios:

  1. Pinta genial~~ Ya tengo ganas de saber como sigue. Como siempre escribes de maravilla.

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  2. Escribes tan bonito D:! como te odio(con amor)por escribir así ;---; dame un poquito de tu talento a aquellos que no lo poseen ;w;.

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    1. O.o simplemente tengo k decir k me encanto. Llevo muxo tiempo leyendo lo k escribes y en verdad me ecanta todo lo k e leido asta el momento. Despues de todo mempeze a escribir x leer tus istorias aunk komparadas kon las tuyas klaramente son peores xD x cierto algun dia segiras escribiendo la de sexo muerte y rock esk es realmente de lo mejor :3

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