Adicción


Título: Adicción
Autor: KiraH69
Género: Yaoi, Original     Longitud: One-shot
Clasificación: +18     Advertencias: Lemon, adicción
Resumen: Shiba y Hayato son compañeros de piso y de universidad. A pesar de sus personalidades completamente diferentes, son buenos amigos ya que se complementan muy bien el uno al otro. Shiba está desesperado, en su último curso tiene que aprobar los exámenes o dejar la universidad sin acabar y ponerse a trabajar. Está tan alterado que nada le entra en la cabeza. Todou, un vecino le da un medicamento para relajarse y quitarle los nervios. Parecen funcionar, pero Shiba se vuelve cada vez más adictivo a las pastillas, que dejan de surtir tanto efecto, y es incapaz de concentrarse sin ellas. Shiba, cada vez más preocupado por él, busca otra forma de tranquilizarlo.



Todo sucedió en Mayo. Contrario a lo que se esperaba, resultó ser un mes más fresco de lo normal comparado con años anteriores. Puntuales días de bochorno provocaron tormentas todas las semanas. El granizo destrozó cosechas y provocó inundaciones continuas y accidentes. Pero Shiba Korokichi era completamente ajeno a todo ello, apenas se percataba del sonido de la lluvia contra las ventanas, o de los cortes de luz que le dejaban sin agua y ordenador durante horas. Su atención estaba centrada en dos montones de un metro de altura de apuntes y otros tantos libros. Los exámenes estaban a punto de empezar, era su último año de universidad y estaba a punto de graduarse, pero solo si aprobaba con nota todos los exámenes. No podía permitirse pasar un año más estudiando, tenía que acabarlo ya o no le quedaría otro remedio que dejar la universidad con el curso incompleto y ponerse a trabajar. La presión que recaía sobre él no podía ser mayor. Los nervios le estaban corroyendo por dentro y de no ser por su compañero de piso, Hayato Takashima, probablemente habría muerto de hambre o sueño.
—Ya es hora de comer, deja los libros—le dijo apartando la silla de la mesa con él encima.
—Espera… solo un minuto…—murmuró con los papeles en las manos.
—No, tendrás más minutos después de comer, si colapsas no podrás seguir estudiando—le agarró del brazo y le arrastró hasta la pequeña mesa del salón-comedor.
Ambos tenían casi la misma altura, sin embargo Hayato era mucho más delgado, en realidad menos musculoso que el deportista Shiba. La apariencia de ambos, aun con la misma edad y la misma estatura, daba una impresión completamente diferente. Shiba era moreno, tanto su piel como sus ojos y su cabello muy corto; un deportista nato; un chico jovial e hiperactivo, del tipo que un sábado por la tarde salía por ahí con sus múltiples amigos y a la mañana siguiente se iba hacer footing. Hayato por el contrario era pálido como la nieve con pecas por todo el cuerpo, sus extremidades eran tan delgadas que parecían más largas de lo normal; era pelirrojo con finos cabellos largos por debajo de los hombros y sus ojos verdes esmeralda se ocultaban tras unas gafas de gruesa montura negra; un joven tranquilo y callado que prefería pasar las tardes estudiando o leyendo. El hecho de que fueran compañeros de piso ya resultaba algo extraño para los demás, sin embargo sus personalidades se complementaban bien y eran capaces de ayudarse el uno al otro supliendo sus faltas. De no ser por Hayato, Shiba no habría aprobado ni el primer curso y, sin Shiba, Hayato no saldría de casa más que para ir a la universidad. Se habían convertido en buenos amigos a pesar de no tener nada en común.
—Haya-chan, tienes que ayudarme a hacer un resumen, no consigo entenderlo—le pidió con la boca llena de comida.
—Normal, si te acostumbraras a estudiar a diario, en lugar de hacerlo de golpe en el último momento, serías capaz de comprenderlo todo mucho mejor y no te agobiarías tanto—le apartó el plato para que tragara lo que tenía en la boca antes de meter más.
—Eso ya lo sé, pero para mí es imposible, no soy como tú, un-…—de pronto se calló.
—Adelante, dilo, soy un empollón—dijo sin mirarle, comiendo tranquilamente.
—Um… Yo no quería…—era algo evidente para todo el mundo pero siempre lo había considerado un tema tabú entre ellos.
—Está bien, sé que lo soy y que todos me ven así, pero gracias a eso voy a los finales sin ninguna preocupación y apenas tengo que estudiar—eso era cierto, Hayato era uno de los primeros del curso y quizás acabara en el primer puesto en los finales.
El pelirrojo se levantó antes de terminar de comer y recogió su parte.
— ¡Ah! Haya-chan…—Shiba estaba preocupado por si le había hecho sentir mal.
—Termina tranquilo y ve a estudiar. Voy a comprar, ya recogeré luego—le dijo saliendo del pequeño piso en camisa de manga corta y con paraguas.
—Ugh… Mierda, no tengo tiempo para lidiar con estas cosas—gruñó molesto.
Terminó de comer rápido y regresó a sus estudios sin molestarse siquiera en recoger los platos de la mesa. Sus ojos se concentraron en el ordenador y se olvidó por completo de aquella especie de discusión con Hayato. Estaba tan absorto que no se dio cuenta de que había comenzado a granizar intensamente y que al poco rato se había ido la luz. Su ordenador había estado funcionando con la batería desde entonces hasta que se agotó por completo y se apagó.
— ¿¡Q-qué!?—gritó saltando de la silla—. No, no, por Dios, no puedes hacerme esto.
Intentó por todos los medios encender el ordenador estúpidamente pero, por supuesto, todo fue inútil. Enfurecido y frustrado, pateó la silla lanzándola al otro lado de la habitación. Salió del piso y subió a la planta superior, al piso de un amigo. Ya que el timbre no funcionaba, aporreó la puerta con todas sus fuerzas.
— ¡Shiba! ¿Qué pasa, a qué vienen estas prisas?—preguntó el joven de casi dos metros que le abrió la puerta.
—Todou, por favor, dime que tienes una batería, un cargador o algo que haga encenderse a mi ordenador le suplicó casi de rodillas desesperado.
— ¿Eres idiota? No hay luz, ¿cómo piensas cargar el ordenador? Además el mío también está descargado, lo siento—le dijo extrañado, no era normal ver al despreocupado Shiba en aquel estado de nervios.
—Joder, necesito un ordenador, tengo que seguir estudiando—golpeó la pared con el puño, casi abollándola.
—Oye, oye, que estas paredes son de papel, no te la cargues que el casero me echa la bronca a mí—le dijo sujetando su brazo antes de que diera otro puñetazo.
—Mierda, no puedo más, la cabeza me va a explotar. Estoy hasta arriba con los exámenes, si suspendo se acabó—se quejó, deslizándose por la pared hasta quedarse sentado en el suelo.
—Ya, entiendo. Pero así de alterado no se te quedará nada en la cabeza, lo mejor es que te relajes y así podrás estudiar mejor—le dijo yendo hacia el baño.
— ¿Y cómo coño pretendes que haga eso? No hay forma de calmarse viendo una enorme avalancha precipitarse sobre mí. Estoy a punto de volverme loco—se levantó y caminó de un lado a otro de la sala.
—Toma, esto te sentará bien—le dijo dándole una caja de pastillas.
— ¿“Trankimazín”?—preguntó extrañado.
—Con eso podrás relajarte y estudiar tranquilamente. Tómate una por la mañana y otra por la tarde, dos si estás demasiado alterado, no te pases de cuatro al día—explicó—. Ahora largo, yo también tengo cosas que hacer.
—Sí, gracias tío—no le había dado una solución para su ordenador pero eso era incluso mejor.
Se apresuró en regresar a su apartamento y lo primero que hizo fue tomarse una pastilla, y media más por si acaso. Se puso a estudiar de los montones de apuntes que tenía y se olvidó de nuevo de todo lo que le rodeaba. No se dio cuenta de que Hayato no regresó hasta las diez de la noche y fue su estómago el que reaccionó cuando entró por la puerta.
— ¡Ah! Haya-chan, tengo hambre—le dijo como saludo.
—Aguanta un poco, prepararé ahora la cena—contestó con la respiración agitada.
Dejó la bolsa con la compra en la misma entrada y allí se quitó la ropa que goteaba empapada para no manchar el piso.
— ¿Por qué has tardado tanto?—le preguntó Shiba viendo cómo estaba calado hasta los huesos.
—Ha estado granizando durante mucho tiempo, incluso ahora sigue lloviendo con mucho viento y ni siquiera me ha servido el paraguas—le explicó mientras se quedaba solo con los calzoncillos—. Si me das unos minutos tendré la cena enseguida.
—Está bien, no importa. Puedes ducharte primero—volvió de nuevo a sus apuntes sin prestarle más atención.
Hayato tan solo se puso un pantalón de pijama y echó su ropa a la lavadora, antes de ponerse a cocinar algo rápido mientras recogía los platos de la comida.
—Shiba, ya está la cena, voy a ducharme.
— ¿Tú no cenas?—le preguntó sentándose a la mesa.
—Tomaré algo luego—contestó dirigiéndose al baño.
— ¡Espera! ¿Sigues enfadado por lo de antes?—aunque no lo parecía, actuaba como siempre.
—Claro que no, no he estado enfadado en ningún momento. No te preocupes, cena y sigue estudiando, tienes que ir pronto a dormir o no rendirás mañana—sonrió amablemente antes de meterse al baño.
Si Hayato había dicho que estaba bien, debía de estar bien. Shiba no le dio mayor importancia y siguió con lo suyo. Los nervios seguían ahogándole, el Trankimazín no había hecho mucho efecto y no sabía si podría dormir aquella noche o la pasaría en vela como la anterior. Para intentar evitarlo se tomó la media pastilla que había dejado antes de irse a dormir.
— ¿Qué es eso?—le preguntó Hayato mientras recogía la mesa tras cenar.
— ¡Oh! Es solo un relajante, me lo ha dado Todou. Tengo que calmar los nervios de algún modo—contestó yendo ya a la cama.
— “Trankimazín”—leyó la caja del medicamento—. No deberías tomarlo, este tipo de pastillas puede crear adicción, son peligrosas si no se controlan bien—pero Shiba ya no le escuchaba, se había metido en su habitación sin hacerle mayor caso.

En los días que siguieron Hayato observó silenciosamente cómo Shiba se tomaba una pastilla tras otra, por la mañana nada más levantarse y por la tarde. Ciertamente se veía más tranquilo, pero a veces tenía que recordarle que ya se había tomado la pastilla antes de que repitiera al poco rato. Cada vez estaba más preocupado por su compañero, no podía creer que un deportista como él tuviera tan poca fuerza de voluntad.
—Espera Shiba, ya te has tomado una después de comer—le dijo al ver que a las tres horas ya se iba a tomar otra.
—Ya lo sé, pero los exámenes están cada vez más cerca y yo cada vez más nervioso, una pastilla no me hace nada—iba a metérsela en la boca cuando Hayato le agarró la mano—. ¿¡Qué-!? ¿Qué te crees que haces?
—Busca otra forma de calmarte, no debes depender de las pastillas—le dijo con una seria mirada.
— ¿Qué otra forma puede haber? No tengo tiempo para hacer esa idiotez del yoga o para buscar una chica que me desahogue—le dijo casi gritando, muy cabreado.
—Entonces lo haré yo—contestó empujándole contra la pared.
— ¿Eh? ¿Qué coño-?—se quedó paralizado al ver a Hayato desabrochar su pantalón.
—Solo cierra los ojos y piensa que soy una chica, solo voy a masturbarte así que si no me miras no notarás la diferencia—le dijo metiendo las manos dentro de sus calzoncillos.
— ¿Eres idiota? ¿Cómo puedes hacer est-…? Nn…—no pudo hablar más cuando los finos dedos de Hayato se deslizaron dentro del prepucio, frotando el glande.
El cuerpo del pelirrojo se pegó a él, ocultando el rostro en su hombro para que no tuviera que verle. Su mente le decía que tenía que forcejear y apartarle pero su cuerpo simplemente no reaccionaba, la sangre comenzaba a acumularse en su entrepierna y los pensamientos se volvieron confusos. Aquello no era tan malo después de todo, las manos de Hayato era muy habilidosas y parecía conocer bien los lugares donde debía tocar para hacerle sentir bien. Mientras con una mano frotaba el miembro ya duro, con la otra masajeaba sus bolas sin reparo alguno.
Shiba pensó que quizás aquella no era la primera vez que hacía algo como eso, pero jamás se habría imaginado que su compañero pudiera ser esa clase de chico. Ciertamente nunca le había conocido novia, pero suponía que era por su timidez, no porque estuviera interesado en el mismo sexo, o quizás estaba pensando demasiado y simplemente hacía aquello para ayudarle porque, como siempre, se preocupaba por él. De todos modos pronto su mente dejó de darle vueltas y se ahogó con el placer que le proporcionaba Hayato. No debería ya que era un chico pero, por su delgada constitución, sus manos se sentían igual a las de una experta mujer, y el buen olor que desprendía sus largos cabellos y la palidez de su cuello le hacía sentir que estaba con alguna de aquellas chicas con las que solía ligar los fines de semana.
— ¡Nn-! Me… corro…—jadeó sintiéndose llegar más rápido de lo que esperaba y de lo que le gustaría.
Inconscientemente, agarró con fuerza del trasero a Hayato justo antes de correrse en sus manos. Nada más hacerlo, el pelirrojo se dio la vuelta y se apartó sin mirarle y sin dejar que viera su cara, yendo al lavabo.
—Ya que he hecho esto por ti, olvídate de tomar la pastilla—le dijo mientras se lavaba las manos.
—Mm… Supongo que por esta vez es suficiente—respondió Shiba abrochándose los pantalones.
Intentó analizar aquello en su mente pero resultaba tan confuso que pronto se dio por vencido y siguió estudiando, sin darse cuenta de que Hayato todavía no salía del baño.
El pelirrojo echó el cerrojo y se paró frente al espejo. En sus pantalones resaltaba un bulto que parecía estar a punto de hacer saltar la cremallera. Se bajó los pantalones junto a los calzoncillos y observó en su trasero las marcas que habían dejado los dedos de Shiba. Siendo su piel tan blanca era muy fácil que un agarrón dejara durante un buen rato una notable marca roja. Acariciando con una mano aquel lugar donde Shiba le había asido, comenzó a masturbarse con la otra mano mientras mordía su camiseta para no hacer ruido. No recordaba la última vez que había estado tan excitado, el olor de Shiba lo envolvía y todavía podía sentir su calor y la respiración sobre su cuello. No podía creer que se hubiera atrevido a hacer aquello por fin, después de haberlo vivido en sus sueños tantas veces. Sus piernas temblaron, no pudo sostenerse más en pie y cayó al suelo, apoyándose en la bañera. Flotando en lo que todavía le parecía una ilusión, Hayato se vino manchando sus pantalones y el suelo del baño.
—Ah… Soy tan idiota… Esto no significa nada, solo le estaba ayudando a desahogarse, no ha sido más que eso—no podía hacerse ningún tipo de ilusión porque sabía que sería inútil.
Salió del baño tras limpiarlo todo y, como esperaba, Shiba ni siquiera se giró a mirarle una vez, su atención la dedicaba solo a los apuntes que tenía frente a él. Pero era mucho mejor así, tampoco habría sabido cómo reaccionar y habría sido demasiado extraño que de pronto su rostro comenzara a brillar rojo. En la hora de la cena nada cambió, parecía que no había sucedido nada entre ellos, ambos seguían comportándose como lo hacían siempre.

La mañana se sintió confusa al despertar. Antes de abrir los ojos Shiba había olvidado lo sucedido la tarde anterior y al recordarlo lo tomó solo como un extraño sueño debido a todo el estrés que tenía encima. Cuando se dio cuenta de que había sido real, se levantó de un saltó de la cama e intentó asimilarlo, intentando darle algo de coherencia, tarea que resultó imposible. Sintiendo que todo su cuerpo se agitaba nervioso, fue corriendo a la cocina y cogió las pastillas junto a un vaso de leche fría.
—Te he dicho que no tomes pastillas—la voz de Hayato le sobresaltó a su espalda.
Ya llevaba despierto ya un rato e incluso había desayunado, se acercaba a la pila para dejar la taza de café. Se quedó mirándole en aquel pijama corto y verde que le hacía parecer todavía más largo de lo que era, mostrando sus delgadas extremidades.
— ¿Y qué? ¿Vas a… echarme una mano cada vez que tenga que tomarme una pastilla?—le preguntó cuando al fin su boca se decidió a hablar.
—Si es necesario para que no las tomes sí, lo haré las veces que hagan falta—respondió sin dudar, con una severa exresión.
Shiba se quedó sin palabras, no sabía cómo reaccionar ante aquello, era una situación demasiado extraña. Pero su ansiedad tomó el control del su cordura.
—Bien, entonces puedes ir empezando—le dijo bajándose los pantalones del pijama.
Inmediatamente Hayato se acercó a él y comenzó a acariciar su miembro, que no tardó nada en ponerse erecto.
— ¡Huh! Las empalmadas mañaneras son lo mejor—rió Shiba viendo lo rápido que se había excitado con apenas unos roces—. Hey… ¿Por qué no lo chupas?… Eso sería- ¡Oh!
Antes de que diera alguna “convincente” explicación, Hayato se arrodilló frente a él y se llevó el miembro a la boca. Lamió y chupó la punta como si fuera un polo mientras sus manos no dejaban de acariciarlo. Recorrió cada rincón con su lengua y lo introdujo todo cuanto pudo en su boca, tocando el fondo de su garganta.
—Ugh… Qué bueno…—jadeaba Shiba.
Se apoyaba en la encimera de la cocina para que sus piernas temblorosas no acabaran fallándole. Aquel placer le había pillado demasiado de sorpresa, su compañero era bueno con las manos pero incluso mejor con la lengua. No se estaba cortando ni un pelo, ni el mismo Hayato podía creer lo que estaba haciendo con tanta naturalidad. El olor y el sabor de Shiba estaban llenando su cabeza y su propio miembro también reclamaba atención, estaba haciendo aquello más por su propio placer que por el de Shiba.
Cuando ya no podía soportarlo más, Shiba agarró los cabellos de Hayato, hundiendo más la verga en su garganta, y se corrió en lo más profundo. Cuando pudo apartarse, el pelirrojo tosió derramando en el suelo parte del semen pero tragando la mayoría.
—Oh, lo siento, ha sido un impulso—le dijo observando su rostro jadeante y sonrojado.
—Está bien, no importa, vete a estudiar—contestó sin levantarse del suelo, intentando calmarse.
—Sí… ya voy—Shiba se puso el pantalón y se fue al salón donde estudiaba.
Hayato se quedó un momento allí, hasta que estuvo seguro de que no le escuchaba, observando el líquido blanquecino que manchaba su mano. No pudo resistirse, su entrepierna parecía agonizar, usó el semen de Shiba a modo de lubricante para frotar su miembro.

A pesar de que aquello se había intensificado aún más, nada cambiaba entre ellos, seguían tratándose como compañeros, apenas hablándose como era habitual aquellos días. Para sorpresa de Shiba, llegó la hora de tomarse la pastilla de la tarde y ni siquiera se acordó de ella, su cuerpo seguía relajado gracias al “tratamiento especial” de Hayato. Así pasó Shiba los días, estando cada vez más cerca los exámenes, sin necesitar las pastillas mientras tuviera las felaciones del pelirrojo, que se volvieron cada vez más frecuentes, hasta dos por día. Pero, muy a su pesar, Hayato no podía estar en casa todo el día, tenía sus propios asuntos en la universidad.
— ¡Mierda! ¿¡Dónde están!?—gritaba Shiba mientras rebuscaba por toda la casa.
Buscaba desesperado el Trankimazín por cada rincón, revolviendo incluso la ordenada habitación de Hayato, pero no aparecía por ninguna parte y cada vez estaba más alterado. La incesante lluvia golpeteando contra las ventanas y los intermitentes cortes de luz no hacían mucho por calmarle. De pronto, mientras rebuscaba en el armario de Hayato, escuchó la puerta principal abrirse. Salió corriendo como un rayo y empujó al pelirrojo contra la pared, agarrando con fuerza sus brazos.
— ¿¡Dónde está!? ¿¡Dónde has escondido el Trankimazín!?—le gritó furioso.
—Qué- ¡No lo necesitas!—respondió sorprendido y asustado por su ímpetu.
— ¡Lo necesito para calmarme si tú no estás para chupármela!—le sacudió violentamente, mojando todo a su alrededor con los pelirrojos cabellos empapados.
—Entonces busca a una chica que lo haga, hay montones en este edificio que estarían encantadas de hacerlo—todo su cuerpo estaba temblando, los dedos de Shiba se clavaban con fuerza en sus brazos.
— ¡Jamás utilizaría a una chica para algo tan bajo!
Hayato se quedó impactado, no podía creer que escuchara aquello de su compañero. Viendo que no tenía intención de retractarse, el pelirrojo le apartó de un empujón y sacó del bolsillo de su pantalón la caja de Trankimazín, lanzándosela al pecho.
—Tómate todas las que quieras, pero no vuelvas a recurrir jamás a mí, ¡para nada!—zanjó saliendo del apartamento con un portazo.
Shiba ni siquiera pensó un segundo en Hayato, se apresuró en tomar un par de pastillas sin necesitar siquiera agua.
Aquella noche Hayato no regresó a casa, se quedó a dormir en el apartamento de un compañero de clase en aquel mismo edificio.
—No me importa pero ¿estás seguro?—le preguntó el joven rubio mientras ponía la mesa—. Quiero decir, nunca antes habías discutido con él ¿no? Al menos deberías decirle, estará preocupado.
—Está bien así, Ren. No se preocupa por mí, ni siquiera se percatará de mi ausencia hasta que le suenen las tripas, e incluso entonces ni se molestará en preguntarse dónde estoy—contestó mientras removía en la sartén unas cuantas verduras picadas.
—Ya entiendo, por eso podéis convivir aun siendo tan diferentes. Si no te presta atención no puede discutir contigo. No se puede decir que os llevéis bien o mal, simplemente no os lleváis—como todo el mundo, Ren también se había preguntado siempre a qué se debía aquel dúo estrambótico.
—Has acertado de pleno—aunque en verdad le dolía reconocerlo.
—Entonces… ¿Qué tal si te mudas aquí?—le propuso de pronto.
— ¿Huh? ¿A qué viene eso… tan de repente?—le había pillado por sorpresa y no supo cómo reaccionar.
—Necesito a un compañero. Desde que Miho se fue estoy pagando el alquiler de dos y no puedo permitírmelo más—explicó Ren acercándose a él—. Estaría encantado de tener a alguien como tú por compañero de piso, educado, limpio, ordenado y encima buen cocinero. Eres todo un lujo que ese musculitos cabeza hueca no sabe apreciar. Además, ambos nos quedaremos aquí al acabar la universidad mientras que Korokichi volverá a su casa apruebe o no. Necesitarás un compañero cuando él se vaya.
—Mm… Sí, supongo que tienes razón, no puedo pagar el piso yo solo. Y estaría bien mudarme ahora, no me apetece volver allí—murmuró disgustado.
— ¡Perfecto! ¡Puedes ser mi compañero desde ahora!—exclamó muy animado.
Y así cerraron el acuerdo con una cena.
Como se esperaba, no supo nada de Shiba durante varios días, no trató de buscarle o contactarse con él. Una simple llamada a su móvil habría sido suficiente pero nunca se produjo. Estaba resultando más doloroso de lo que Hayato esperaba. Sabía desde el principio que las felaciones no conllevaban un sentimiento consigo, al menos para Shiba, pero aun así le destrozaba haber sido despreciado de aquel modo por la persona por la que tanto se preocupaba.


Las tormentas se hicieron más frecuentes cuanto más avanzaba el mes, no había vez que saliera a la calle y no le pillara la lluvia fuerte o débil, por eso el paraguas se había vuelto algo imprescindible. Entonces, más de una semana después, cuando los exámenes estaban casi encima, Hayato recibió una llamada. Aquella tarde Hayato estaba en una cafetería, esperando a que el aguacero se detuviera y regresara la luz en el barrio.
—Hayato… ven a casa…—una voz lastimera, casi irreconocible, le puso un fuerte nudo en la garganta.
—Uh… Shiba, yo-
—Hayato… Haya-chan… ven a casa… por favor, ven a casa…—suplicaba Shiba lloroso.
Jamás le había escuchado una voz tan lamentable como aquella, algo tenía que ir terriblemente mal. No lo dudó ni un segundo, salió de la cafetería sin molestare en abrir el paraguas, ya que el viento se lo arrebataría en un segundo, y corrió hacia el apartamento. En un minuto parecía recién salido de la piscina. Subió a la carrera los seis pisos y llegó jadeando a la puerta. Tenía miedo de entrar, no sabía lo que iba a encontrarse, pero tenía un terrible presentimiento, no podía demorarse más tiempo.
— ¿Shiba?—preguntó al entrar—. ¡Shiba! ¡¡Quieto!!—gritó asustado.
Shiba tenía en su mano un montoncito de pastillas y otras cuantas sobre la mesa, las miraba dudoso, pensando si tomarlas o no. Hayato corrió hacia él y golpeó su mano haciéndole tirar las pastillas.
—Ha-haya-chan…—Shiba le miró con los ojos muy abiertos y llorosos—. ¡Haya-chan, mi Haya-chan!
Shiba se lanzó sobre él, cayendo de rodillas al suelo, hundiendo el rostro en su pecho.
—Sh-shiba… ¿Qué sucede?—le preguntó preocupado, acariciando sus cabellos.
— ¡Haya-chan, no me dejes!—le agarró por las muñecas y le empujó contra el suelo—. No me abandones, te lo suplico… ¡Te necesito Haya-chan!
Antes de que el pelirrojo pudiera decir nada, Shiba le besó con una torpeza e inocencia impropias de él. Hayato se quedó paralizado, no podía creer aquello, algo terrible debía haber sucedido para que su compañero se comportara de ese modo. Sin embargo no pudo preguntarlo, el beso se volvió cada vez más intenso y su boca fue invadida por la descontrolada lengua. Las manos soltaron sus muñecas, dejando en ellas marcas rojas, y se deslizaron hasta su pecho, sobre la mojada camisa que se pegaba a él. Frotó a través de la ropa los pezones hasta que se endurecieron y los pellizcó suavemente.
— ¡Nn! ¡Shiba! ¿Q-qué estás haciendo? Ah… ¿Qué pretendes?—le preguntó cuando al fin separaron sus bocas.
—Quiero tomarte, quiero perderme en tu cuerpo y olvidar todo—le dijo completamente serio, con una mirada desesperada—. Es eso o ahogarme en pastillas. He pensado en hacerlo con alguna chica pero no puedo, tienes que ser tú. No puedo pensar en nadie más que en mi Haya-chan…
A ojos de Hayato parecía un cachorro suplicando por afecto, sufriendo como nunca antes lo había hecho. Viéndole de aquel modo, cualquier rencor o molestia hacia él desapareció por completo. Solo quería hacerle sentir bien y si para ello tenía que entregarle su cuerpo, lo haría gustoso.
—Está bien, adelante. Puedes hacer cuanto se te antoje, no te contengas—contestó al fin con una tierna sonrisa, acariciando su rostro con ambas manos.
Shiba no vaciló un solo segundo, besó de nuevo a Hayato y bajó por su cuello mientras sus manos se deshacían de la molesta camisa. El pálido y pecoso pecho y los rojizos pezones quedaron al descubierto. Bajó sobre él como si estuviera a punto de devorarlo y comenzó a lamer y besar cada centímetro de su piel, dejando incontables marcas como picaduras de mosquitos. Succionó y mordió los pezones, y todo el cuerpo de Hayato se estremeció y sus gemidos desbordaron.
— ¡Nn…! ¡Ah! ¡Shiba! ¡No…!—gritó aferrándose a la camiseta de su compañero.
— ¿Por qué? Parece que es un lugar muy sensible… y son muy suaves—murmuró lamiendo aquellas rojizas pepitas.
Hayato creía volverse loco, su cuerpo nunca había sido tan perceptivo, cada caricia de Shiba hacía estremecer hasta la última fibra de su ser. Las manos de Shiba descendieron por su cintura y bajaron sus pantalones junto a los calzoncillos, dejándole completamente desnudo. Se arrodilló entre sus piernas y observó aquel cuerpo tembloroso, las rojas marcas que había dejado en su pecho, la piel y los caballos empapados, el rostro sonrojado hasta las orejas, sus ojos entrecerrados brillando llorosos y su miembro erecto, goteando y palpitando.
—Tan delgado… tan pálido… Eres hermoso, mi Haya-chan—susurró hipnotizado—. No puedo aguantar más pero no sé cómo hacerlo con un chico.
Era lo más vergonzoso que podía sucederle, ni siquiera en sus pervertidos sueños había vivido aquello. Y sin embargo, a pesar de ello, Hayato no titubeó en lamer sus dedos y llevarlos hasta su entrada, bajo la atenta mirada de Shiba. Sentía que de pronto se había vuelto un desvergonzado, se excitaba cada vez más siendo observado por su compañero.
—Huh… Con que es así… Te ayudaré—le dijo levantando más sus piernas.
Introdujo un dedo su interior junto al que ya estaba del pelirrojo y lo movió en círculos abriéndole poco a poco.
—Ah… Ya… Suficiente, métela ya—le pidió sacando los dedos y separando sus nalgas.
Sin poder soportar más la espera, Shiba casi arrancó la cremallera de su pantalón al abrirlo. Se apresuró en invadir el estrecho interior, no quería causarle daño pero no podía aguantar y forzó su miembro a entrar.
— ¡Aah! ¡D-despacio-…! ¡Nh!—gimió Hayato, con la mezcla de dolor y placer que le provocaba apenas con la punta dentro.
—Increíble… Es tan caliente y ajustado… Haya-chan, relájate—le dijo levantando sus caderas y poniendo las largas piernas por encima de sus hombros.
—No es… tan fácil… Uh… Entra despacio…—intentaba controlar el ritmo acelerado de su respiración.
Shiba contuvo el terrible deseo de hundirse de una embestida en aquel increíble lugar y fue lentamente, dejando que se acostumbrar a él a medida que entraba. Unos suaves gemidos salían de los labios de Hayato y sus lágrimas se deslizaron silenciosas por sus mejillas. Aquel placer abrumaba su mente y no dejaba que nada más permaneciera en ella.
—Ah… Esto es tan bueno… Haya-chan, eres asombroso…—suspiraba Shiba, sintiéndose derretir en el palpitante interior—. Lo siento, siento lo que te dije… Perdóname, te lo ruego.
—Shiba… ya te he perdonado… Está bien—contestó sonriente, con la voz temblorosa.
Hayato alzó sus manos en busca del abrazo de su compañero y Shiba se lo concedió. Rodeó la espalda del pelirrojo con sus brazos y le dio un largo beso hasta que ambos se quedaron sin aliento. Las embestidas comenzaron a volverse cada vez más agitadas, más salvajes, hasta que Shiba se corrió en el estrecho interior, llenándole por completo con su cálido semen, y Hayato lo hizo casi al tiempo sin necesidad siquiera de ser tocado, manchando su vientre. Quedaron jadeando, sin separarse un solo milímetro, calmando los fuertes latidos de sus corazones y asimilando lo que había sucedido, que todavía parecía un sueño.
—Shiba… ¿Qué es lo que ha sucedido para todo esto?—le preguntó cuando al fin lo único que se oía en la habitación era el golpeteo de la lluvia en las ventanas.
—Mi madre ha muerto. Tuvo un accidente esta mañana y murió al instante—contestó con una voz vacía.
Hayato no supo qué decir, ni si había alguna palabra capaz de consolar una pena como aquella, así que simplemente le abrazó fuerte, acariciando su cabeza.
—Te necesito, eres lo único que me queda en este mundo—le dijo acariciando la blanca piel—. Cuando supe lo de mi madre… solo pude pensar en ti, mi cabeza estaba atestada de tu imagen y de tu voz. No sé qué podría hacer si tú no estuvieras conmigo, ya no tengo nada más en este mundo.
—Shiba, te amo. Te amo más que a nadie desde que nos conocimos. Así que no tienes porqué preocuparte, no te dejaré jamás—confesó tras habérselo guardado durante años, se sentía realmente aliviado—. Pero hay una condición que quiero ponerte, solamente una.
—Dime, haré lo que sea por ti—Shiba estaba desesperado por no perderle.
—Ni una pastilla más. Puedes usarme siempre que quieras para calmarte, me quedaré en casa todo el día si es necesario, pero no vuelvas a tomarte una sola pastilla—le advirtió haciendo que le mirara a los ojos.
—Haya-chan, creo que me he vuelto adicto, pero no a las pastillas sino a ti. No puedo sobrevivir sin ti—contestó rozando sus labios.
—Esa adicción está bien, pero solo esa—rodeó sus hombros con los brazos y le besó apasionadamente, sintiendo cómo sus cuerpos reaccionaban de nuevo.
Shiba se incorporó y le cogió en brazos, llevándole a su habitación. Estaban ya listos para continuar con otra ronda más y quizás otra después hasta que la lluvia cesara y regresara la luz.

—Mm… ¿Shiba, qué haces?—preguntó Hayato.
Salía de la habitación ya de mañana, andando dificultosamente, y se encontró con Shiba en la cocina, con el paquete de Trankimazín en la mano.
—Tranquilo, estoy deshaciéndome de las pastillas. Las tiro por el fregadero para no tener la tentación de cogerlas de la basura. Es algo difícil dejarlas—le explicó mientras acababa con la última tableta.
—Yo te ayudaré, siempre que sientas que las necesitas puedes venir a mí—Hayato se acercó a él, sin saber si su compañero seguiría tratándole como el día anterior o solo había sido un delirio pasajero y todo regresaría a la normalidad.
—Lo sé, sé que siempre estarás a mi lado. Si no estuviera seguro de eso no podría sostenerme hoy en pie, ni me habría levantado de la cama—Shiba rodeó su cintura con los brazos y apoyó la cabeza en su hombro.
—Shiba, yo… estoy enamorado de ti, pero si tú no quieres ese tipo de relación…—estaba aterrado pero tenía que saberlo ya.
— ¿Bromeas? Soy un idiota por no haberme dado cuenta antes, te amo, te amo como nunca he amado a nadie. Quiero que seas mi pareja, mi amante, mi novio, lo que sea—sus palabras les parecían completamente ilusorias a ambos pero nunca habían sido tan sinceras—. Además, ninguna mujer podría compararse a ti, eres increíble tanto en la cama como de compañero, y nadie se ha preocupado jamás tanto por mí. Haya-chan, quiero compensarte por todo este tiempo que he tenido los ojos cerrados.
—Está bien, yo tampoco he sido justo por haberte ocultado mis sentimientos. Viviendo juntos debería habértelo dicho—se sentía tan genial que tenía que ser un sueño.
—No, hiciste bien. Soy tan idiota que probablemente habría despreciado tus sentimientos. Pero ya no lo haré, has esperado al momento adecuado y me alegro—sonrió mientras acariciaba sus cabellos—. Ahora solo quiero corresponderte una y otra vez.
—Shiba, te amo…—no podía más, devoró los labios de su ahora amante con toda la excitación de su cuerpo.
Su relación había cambiado pero lo sentían de forma natural, como si siempre hubiera sido así. Seguían comportándose del mismo modo al que lo hacían antes, a excepción de las largas horas de sexo, y a vista de los demás seguían pareciendo los mismos compañeros.
—Shiba, sé que ahora es difícil pero tienes que seguir estudiando, pronto van a llegar los exámenes y tienes que aprovechar lo duro que has trabajado—le dijo mientras era abrazado por él en el suelo de la cocina.
—Lo sé pero… tengo que encargarme de… lo de mi madre—respondió temiendo todo lo que se le avecinaba.
—No te preocupes por eso, yo me encargaré de todo, solo céntrate en estudiar—le dijo incorporándose.
—Haya-chan, gracias mi Haya-chan. ¿Qué haría sin ti? Quiero aprobar este año para poder seguir contigo.
—No te preocupes Shiba, lo harás, confío en ti.
Y así, con la ayuda y la tranquilidad que le proporcionaban Hayato, Shiba consiguió aprobar los exámenes al igual que el propio Hayato, pudiendo con ello permanecer en aquel piso juntos como amantes.

FIN

1 comentario: